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miércoles, 3 de agosto de 2011

Midnight in París

1. Las películas de Woody Allen no son nada sin jazz, una rubia inocente y bella como protagonista, una hermosa ciudad de escenografía y una acompañante que valga los sesenta pesos de entrada. 2. Si es deprimente ir sólo al cine, más deprimente es ir con tu hermana y pagar el Pack Parejas para que salga más barato. 3. Si eso era deprimente, más aún lo es que a los cinco minutos de película aparezca una hermosa pareja y te digan que esos son sus asientos y te tengas que mudar a la segunda fila. 4. Si estaba con mi novia ni en pedo dejaba que me saquen el lugar así, pero en esta circunstancia ¿para qué recibir una trompada? 5. Debería prohibirse por decreto que existan las primeras filas de los cines o, por lo menos, debería existir un seguro para espectadores que cubra tortícolis y producción de ceguera. 6. Está claro desde el título que Midnight in París es una película sobre París. Si es que existe el género film de ciudad, Woody Allen ha incurrido en él más de una vez en su profusa y extensa filmografía. Las ciudades han sido protagonistas no menores de sus mejores películas. Desde la inolvidable Manhatan (1979) hasta Vicky, Cristina, Barcelona (2008) y Match point (2005), donde dejó atrás su amor por Nueva York para hacer culto del Viejo Continente. Los primeros planos de Midnight in París confirman lo que sugiere el título: postales de los lugares emblemáticos de la ciudad del amor. 7. Gil Pender, genialmente interpretado por Owen Wilson, es un guionista de Hollywood y mediocre escritor que viaja a París de vacaciones con su novia Inez (Rachel McAdams), con quien está comprometido, y sus insoportables y desconfiados suegros. 8. La pareja recorre museos de París junto a Paul (Michael Sheen), un antiguo compañero de facultad de Inez, a quien Gil no se banca porque el tipo sabe un montón de arte y habla hasta por los codos. En un momento tiene una discusión con una guía sobre la historia de una pintura. La guía es Carla Bruni y es obvio que fue una incorporación de último momento para que lo dejaran filmar tranquilo en la ciudad o una gestión especial del presidente Sarkozy. Su papel es insignificante dentro de la trama. 9. Para colmo la novia de Gil está re caliente con el pedante de Paul. Así que una noche cuando iban a ir a una fiesta decide volverse sólo al hotel. En la caminata de vuelta se pierde por las angostas calles de París y se sienta en las escalinatas de una iglesia a descansar. Ahí va a aparecer un auto antiguo, una especie de Delorean versión retro, que lo va a transportar hacia los años veinte. 10. Hay más chances de que Funes Mori meta un gol en River de que Woody Allen meta efectos especiales en una película. 11. De pronto el personaje encarnado por Owen Wilson se encuentra en una fiesta, que al principio parece una fiesta de disfraces ya que todos están vestidos de forma extraña. Cuando se entera de que sus interlocutores son Scott y Zelda Fitzgerald va a darse cuenta que está en los años veinte. 12. A partir de entonces va a hacer el viaje todas las medianoches cuando suenan las campanas de la iglesia y va a tener encuentros con Ernest Hemingway, Pablo Picasso, el pianista Cole Porter y los surrealistas Salvador Dalí y Luis Buñel, entre otros. 13. En uno de esos viajes se va a enamorar de Adriana, interpretada por Marion Cotillard, una especie de groupie de los años 20 que es amante de Picasso, Hemingway y también lo fue de Modigliani. 14. Uno de los momentos más graciosos del film es cuando les cuenta a los artistas surrealistas que está viajando en el tiempo y que está enamorado de una mujer de otra época. Dalí y Buñel no dudan en creerle y comparan su relación con un rinoceronte. 15. Desde las coplas de Jorge Manrique (“cualquiera tiempo pasado fue mejor”) hasta Spinetta (“mañana es mejor”) ha estado presente en el hombre la pregunta sobre si existe un tiempo ideal. Solemos pensar que todo lo mejor ya pasó. Nos perdimos el hipismo, los Beatles, Pescado Rabioso, Maradona. Pero también zafamos de la dictadura, del servicio militar obligatorio y de las películas de Palito Ortega. No nos podemos quejar. Igual hubiese estado bueno ¿no? 16. Pocas veces Woody Allen ha incurrido en el género fantástico. En Sleeper (1973), una película sobre un hombre que era congelado por error y despertaba 200 años después, satirizaba la temática futurista muy difundida por esos años. Más tarde, en 1985, volvió a incurrir en este género con una de sus mejores películas, La Rosa Púrpura del Cairo, donde un personaje se salía de la pantalla y se enamoraba de una de sus fans en el contexto de la Gran Depresión. De todos modos aquí Woody Allen no deja de discurrir sobre sus temas favoritos: el amor, el sexo, las relaciones, las enfermedades, el arte, etcétera. 17. Owen Wilson le es a esta película lo que Ricardo Darín le es a cualquier película argentina: cualquier película con su nombre en cartel es éxito garantizado. Más allá de haber conseguido de esta manera su mayor éxito de taquilla en años, la interpretación del simpático actor de Hollywood es la mejor desde que Woody, por una cuestión de edad, dejó de interpretar a sus personajes. Atrás quedaron las no tan felices participaciones de Will Farrel, Larry David y Jasson Biggs. 18. Algún día nos íbamos a cansar de Scarlett Johansson. 19. Nunca de sus tetas. 20. No da terminar un post con la palabra “tetas”. Así que les recomiendo que vayan a ver la película de Woody Allen. Si es acompañados, mejor. Y sino, por lo menos, procúrese encontrar un buen asiento.

lunes, 11 de abril de 2011

Otra llamada perdida


Pocas cosas hay en la vida que odiemos más que a las empresas de servicio de celular. No solamente nos cobran cuantiosas sumas de dinero por una ínfima cantidad de minutos que a la segunda semana del mes nos damos cuenta que ya se acabaron, sino que además nos bombardean con mensajes de textos que a nadie le importan cuando lo único que se espera es la llamada de una chica o, quizás, una oferta de trabajo. Casi nunca tenemos señal, tenemos que movernos como si intentáramos escapar de la mira de un francotirador para lograr escuchar algo y, lo que es peor, sabemos que no nos queda otra. La respuesta está en cualquier publicidad de celulares: “cada persona es un mundo”, okey, sí, cada uno es un mundo, pero por más freak que seas que no se te ocurra prescindir de uno de esos aparatos porque en ese caso vas a quedar borrado del mundo como borraron a Ortega de River, a los manifestantes sirios de este mundo o a Pete Best de Los Beatles. Para formar parte de este mundo hay ciertas reglas que debemos cumplir, como no emborracharnos antes de un entrenamiento de fútbol o no protestar en contra de un gobierno autoritario y pruebe usted, si quiere, de pedirle el número o el facebook a una chica y, acto seguido, sacar una libretita y una birome del bolsillo. ¡Minga que cada persona es un mundo!

Gracias a Dios que existen las películas de terror cuando no nos queda otra forma de quejarnos en contra del sistema. ¿Acaso los films de terror no son un grito de auxilio frente a la creciente inseguridad? La única diferencia es que en vez de que sea un violador o un negro de mierda, en este caso el asesino es un encapuchado con un hacha, un tipo con el cuerpo entero quemado o un muñeco diabólico. Y hay algunas constantes en todos los films de terror que hacen que el espectador sienta que la fucking muerte está a la vuelta de la esquina, o ni siquiera. 1. A diferencia de las comedias o los films dramáticos, aquí los finales son siempre abiertos. El protagonista asiste durante la película al acecho constante de la muerte, y como sucede con las crónicas policiales de los noticieros, el próximo sos vos. 2. El mal casi siempre aparece representado en el rostro diabólico de un niño, a tal punto de que luego tenemos miedo hasta de nuestro sobrino. 3. La tensión es exagerada al máximo, a la música de terror y los pasillos largos y oscuros siempre se le suma un personaje secundario que aparece sorpresivamente y nos hace cagar hasta las patas. 4. Siempre hay minas que están re fuertes y después las matan. 5. La protagonista siempre se enamora de un tipo que casi siempre es policía o es requeté valiente y justo cuando todo parecía estar bien y finalmente iban a garchar aparece el asesino y lo mata. ¡Eso te pasa por dormir, boludo!

One missed call (Llamada perdida, en castellano), como las canciones de Calamaro, no dice nada nuevo, en este caso, sobre el género de terror. En verdad, no valdría la pena su existencia y solo sería una película más de suspenso si no fuera otra película de la bella Shannyn Sossamon, que aquí interpreta a la pobre Beth. Esta chica que tiene un trauma porque durante su infancia su mamá la quemaba con colillas de cigarrillo y su papá se suicido, asiste a la muerte de casi todos sus amigos cuya cuenta regresiva empieza cuando reciben una llamada perdida con el día y hora exacta de su muerte, y un mensaje de voz donde se escuchan a sí mismos pidiendo por favor que no los maten. Si bien el problema quedaba solucionado si todos borraban su nombre de la lista de contactos de los condenados, la bella y valiente Beth decide ir en busca del asesino, más en busca de su propia salvación que en venganza por la muerte de sus amigos, cuyos velorios son más una reunión para esclarecer quién es el asesino que una ocasión para llorar a las víctimas. En eso aparece el joven y apuesto Jack Andrews (Edward Burns), un detective que resulta ser el hermano de la voluptuosa negra que asesinan al comienzo de la película, y ante la inoperancia de la policía decide ayudar a Beth a encontrar al asesino. Juntos van a descubrir algunas pistas: el asesino siempre deja un caramelo en la boca de las víctimas, la primera llamada fue hecha desde un hospital para niños que se incendió dos semanas atrás, el asesino era asmático (al ser una película de terror inducimos que usted entiende que el asesino es un espectro), etcétera.

Hay una escena muy graciosa donde Beth y una amiga que recibió la llamada perdida, intentan cancelar el servicio de su celular y el empleado les dice que eso es imposible, que si quieren lo que pueden hacer es romperlo. Entonces, ellas agarran el celular, lo tiran al piso y comienzan a saltar sobre él hasta destruirlo. Otra escena divertida es aquella en la que un exorcista intenta sacar al demonio del celular practicándole un exorcismo. Pero el sistema es más fuerte que nosotros. ¿Qué podemos hacer para salirnos? Nada. Y en la vida real no hay ninguna enfermera fantasma como la que aparece en la película para salvarnos, ni un detective apuesto que nos cuide, ni siquiera la mera conciencia de que nos están persiguiendo, que no van a parar hasta acabar con nosotros y de que el próximo podes ser vos o yo.

sábado, 19 de febrero de 2011

La vida cabe dentro de una road movie


No hay ninguna cosa que nos ayude más a entender la vida que una road movie. Todas las cuestiones que nos preocupan aparecen, por lo general, condensadas en estas películas. A tal punto que la vida misma nos parece una fucking road movie. El lector distraído se pregunta qué mierda es una “road movie”. No hay que saber mucho de cine para averiguarlo. Solo un poco de inglés, o ni siquiera. Un viaje, que puede ser en auto, en moto, a dedo o autostop, solo o acompañado, triste o contento, donde el personaje en cuestión busca algo. Aunque a veces ni siquiera él sepa lo que busca. ¿No se parece esto demasiado a la vida?
Wendy and Lucy (2008) a simple vista parece ser solo una película más sobre el amor, especialmente si te enteras que uno de los personajes que aparecen en el título es un perro. Ahí las amas de casa desesperadas se vuelven locas creyendo que van a encontrarse con otra película para disfrutar en familia o gastar decenas de paquetes de carilina. Afortunadas sean las que se crucen antes con un empleado de videoclub que las guie en su elección. Desgraciadamente Blockbuster se fundió y la gente ya no alquila películas, así que eso no va a pasar. Pero tranquilos, no se trata de otro film sin escrúpulos en hacerte llorar cayendo en golpes bajos como Marley y yo (que no es una película sobre el porro). Tampoco es una película triple x sobre lesbianas, si usted es un depravado sexual. Pero vamos desde el principio. Comienza con diferentes planos de un tren de carga. Nada como un tren para traer de vuelta todos aquellos recuerdos escondidos en nuestra memoria, con el ruido de los vagones como soundtrack (¡si el maldito conductor no se queda dormido o se emborracha y se olvida de mirar los semáforos!). Ahí aparece Wendy, interpretada por la actriz Michelle Williams, que camina por el bosque con su perro Lucy. Tiene aspecto varonil, pelo corto, poca propensión a bañarse, habla poco, le da besos a su perro en la boca. Aunque tiene algo que hace que el espectador se enamore de ella enseguida. Tal vez su tristeza, su desolación. ¿Por qué las minas que están tristes siempre están buenas? Tengo una duda: si de repente son felices, ¿dejan de estar buenas? No sabemos mucho más sobre esta chica. Viaja en un auto, va hacia Alaska porque parece que allá hay bastante trabajo, tiene una hermana que no la quiere mucho que cuando la llama se aterra pensando que su intención es pedirle plata. El director, Kelly Reichardt, no esconde su avaricia para otorgarle información al espectador. Esta nos es entregada en cuotas, como si el director fuera un banco en bancarrota que decidió instaurar otra vez el corralito. Como Wendy no tiene un mango (sabemos que se le fueron 500 dólares en gasolina porque lo anota en una libreta), acostumbra a dormir en su auto. Ya dijimos que no se baña. Cada tanto se cambia y se lava los dientes en una estación de servicio. Mientras duerme en un estacionamiento en un pueblo que parece ser la metáfora misma de la desolación es despertada por un viejo que resulta ser el guardia del estacionamiento. Dice que ahí no se puede estacionar. La pobre chica, sin estar del todo despierta aún, intenta encender el auto para moverlo y seguir durmiendo. Pero el auto no prende. Ahí es donde comienzan a pasarle a Wendy una serie de cosas que van a conspirar para que no pueda alcanzar lo que busca. Primero va a ser descubierta en un supermercado robando comida para perro y enviada a la comisaría, cuando vuelva se va a encontrar con que su perro ya no está en el lugar donde lo había dejado atado, luego el mecánico le va a decir que el arreglo del auto vale lo que un auto nuevo. Mientras la vida de Wendy se va al carajo nos preguntamos si verdaderamente estamos ante la presencia de una road movie. Es verdad que el personaje no se desplaza de un lugar a otro durante la película. Aunque ya sabemos que viene viajando desde muy lejos, desde Indiana más precisamente, y que lo que busca está en Alaska. Si es solamente trabajo lo que busca, cosa que no creo. Pero no necesitamos de miles de kilómetros de paisaje, ver montañas, desierto y estaciones de servicio, para que un film se convierta en una road movie. Lo esencial de este tipo de películas no está en el desplazamiento físico, sino en la búsqueda interior que conlleva el mismo. En Stand by me (1986), un clásico dentro de este género, el grupo de chicos que viaja a través de las vías del tren no busca un cadáver, buscan pasar de la niñez a la adolescencia. Fuman, hablan de mujeres, cuentan historias, se pelean, evitan ser atropellados por un tren. El desplazamiento es circunstancial. La búsqueda no. Que Wendy permanezca atrapada en ese pueblo no significa que su búsqueda termine. Wendy busca a su perro. Wendy busca irse lejos. Wendy busca trabajo. Busca escapar de su familia. Busca dinero para seguir viajando. Busca ayuda. Está claro que no encuentra nada de eso. ¿No es en esto todavía más parecido a la vida?
La última vez que viajé tuve una gran desilusión al promediar el final del viaje. Mientras iba mirando como el paisaje mutaba detrás de la ventana del colectivo, donde apoyaba mi cabeza, me di cuenta que no había encontrado nada. Había viajado miles de kilómetros y la incertidumbre sobre la vida que me invadía era tan grande como cuando había comenzado el viaje. Algo así sentimos mientras vemos como los pocos sueños que le quedaban a Wendy se desvanecen. Y la vemos subirse a un tren, continuar con su camino y seguir buscando. Se los dije, la vida cabe dentro de una road movie.

martes, 21 de septiembre de 2010

¿Qué se puede hacer salvo ver comedias románticas?


No hay nada más triste para alguien que está pasando un mal momento que juntarse con gente que le refriega su felicidad en la cara. Parece a veces que algunas personas fueran más felices porque hay gente que no es feliz. Es como las señoras que sienten compasión cuando ven a un chiquito pidiendo monedas en un semáforo. Necesitan que exista un pobre para bajar la ventanilla, dejar caer una moneda y sentirse buenas personas. De la misma manera, los felices necesitan de los infelices para hacer valer su felicidad.
Debería existir otra manera de saludar a las personas (especialmente a aquellas que no queres saludar) que el cómo andas. Una pregunta exageradamente arbitraria cuya única respuesta es bien. Salvo otras opciones recurrentes como decir tirando o ahí andamos (como si tu ser estuviera escindido en dos, aunque probablemente lo esté). Porque si respondes otra cosa enseguida tenes que empezar a dar explicaciones. Pero hay otro tipo de personas que te va a contar todo lo que le pasó en los últimos dos años. Y si en esos últimos años fue contratado por una empresa multinacional, se casó, tuvo dos hijos y se fue de vacaciones a Miami, se te va a quedar mirando con una sonrisa idiota que daría ganas de estamparle una trompada en medio de la cara. ¿Y vos?, pregunta. Nada, vos ahí, seguís trabajando de lo mismo, todavía no te recibiste, vivís solo en un departamento (si no seguís viviendo con tu familia), nada, qué se yo. Si en ese momento todavía no le estampaste la cara de una trompada ya estarás empezando a sentirte un desgraciado.
“Siempre supiste como hacerme sentir una mierda en 30 segundos”, dice Harvey (Dustin Hoffman) ante la falsa sonrisa de su ex mujer.
Last chance Harvey (titulada Nunca es tarde para enamorarse en español) no aporta nada nuevo a la historia del cine, es una comedia romántica americana más, aunque sucede en Londres. Empieza mostrando paralelamente las vidas deprimentes de Harvey Shine y Kate Walker (Emma Thompson). Harvey reúne todos los atributos del hombre desgraciado: está divorciado, es un pianista de jazz frustrado que escribe jingles para publicidades, su jefe es un hijo de puta, tiene menos habilidades para levantarse minas que un manco para hacer malabares. Para variar su hija, que se va a casar, le dice que prefiere caminar hasta el altar con su padrastro. A Kate no le va mucho mejor. Es una solterona que trabaja como encuestadora en el aeropuerto de Heathrow en Londres, vive asediada por los constantes llamados de su madre que cree que su nuevo vecino polaco es un asesino serial y esconde los cadáveres en el jardín. Tiene una sola amiga, Oonagh, que le organiza aburridas y deprimentes citas a ciegas. Lo peor de todo es que Kate está convencida de que quiere morirse sola, tal vez influida por la historia de su madre a quien su padre abandonó cuando ella era chica, y se fue a Francia con la secretaria.
Ambos tienen más de 60 años, lo cual hace sus vidas más tristes. Ambos perdieron cualquier tipo de esperanza en la vida.
Pero la vida de ambos va a cambiar cuando se encuentren en un bar en Londres en el peor momento de sus vidas. A Harvey su hija le acaba de decir que prefiere que su padrastro la acompañe al altar y su jefe hijo de puta lo acaba de echar porque los clientes ya no estaban contentos con sus jingles y preferían a gente más joven, y encima perdió el vuelo de vuelta. Kate está cansada de los delirios de su madre que vive espiando a través de la ventana lo que hace su vecino polaco y la llama a cada segundo, y de esas deprimentes citas que le organiza su amiga. Peor que eso no se puede estar, aunque claro que el sufrimiento es algo completamente subjetivo. Mientras Kate se evade de la realidad leyendo una novela barata y tomando vino, Harvey va a hacer uso de sus escasos recursos para seducir mujeres (luego de clavarse un vaso de whisky). Al principio ella no le va a dar bola y le va a pedir que la deje leer tranquila. Pero no van a tardar mucho en ponerse de acuerdo en su odio a la sociedad y acabarán peleándose por ver quien es el más desgraciado de los dos.
Hasta ahí va bien la película, si bien no deja de ser una comedia romántica más, parece ser interesante la historia de dos infelices que deciden descubrir si la vida puede ser menos gris. Pero no va a tardar mucho en caer en las trivialidades propias del género, como cuando ella le insiste para que vaya al casamiento de la hija (¿para qué? Deja que se muera tranquila la hija de puta de la hija que le dijo al pobre de Harvey que prefería caminar al altar con el insoportable del padrastro). Entonces él le compra un vestido, y caen de colados a la fiesta de casamiento. Los sientan en la mesa de los chicos (como en una película de Ben Stiller) y cuando le toca el turno del brindis al “padre”, que en realidad es el padrastro, Harvey se para en una muestra de coraje (o una forma de enamorar a Kate), y da un discurso menos conmovedor y verosímil que los discursos de Cristina (Paréntesis. ¿Qué mierda tiene que ver el bicentenario de la Biblioteca Nacional con los dos nuevos aviones de Aerolíneas Argentinas, el nieto 102 recuperado, la libertad, la salud de Néstor, Beatriz Sarlo, etcétera?). Y por si faltaba algo, cuando quedan para juntarse a la mañana siguiente en una plaza, él no llega a la cita porque… se le para el corazón y se queda tumbado en las escaleras del hotel.
No se puede esperar otra cosa de una comedia romántica. Pero tampoco voy a hacerme el snob diciendo que solo veo películas de Woody Allen, Godard o Kusturicka. A todos nos gusta cada tanto mirar una comedia romántica y conmovernos (aunque después nos burlemos de lo mismo que nos hizo conmovernos en algún pasaje de la película). No se me ocurre otra manera de terminar este post: si te gusta el durazno, bancáte el carozo. O como diría García: bancáte ese defecto.

martes, 16 de marzo de 2010

Sobre Shine a light de Scorsese


Hay que decirlo, los Rolling Stones son la banda con mejor performance en vivo del mundo, por no decir que suenan de la concha de la lora. Después de ver el documental (en realidad es una filmación de un recital con breves fragmentos de entrevistas) hecho por Scorsese, Shine a light, comprobé esta teoría que no es del todo abstracta ya que vi a los Rolling Stones en el año 1998 cuando solo tenía doce años. Es verdad que de ese recital recuerdo muy poco: un tipo que se bailó todo con Dylan y después apareció tirado en el fondo (mi mamá dijo que estaba drogado), el solo de saxo de “Brown sugar”, cuando Mick Jagger presentó a Charlie Watts como “el tímido” con pésimo español. En 2006 trate de colarme con una entrada trucha pero cuando llegue al Monumental me cagué todo. Había canas por todos lados y a los que tenían entradas truchas los cagaban a palos. Después una horda de rolingas comenzó a tirar piedras y la policía empezó a repartir palos. Salí corriendo junto a la horda de rolingas y no me paró nadie hasta Avenida Cabildo.
Si pudiera viajar en el tiempo viajaría a 1972. Ese año los Rolling Stones hicieron una gira impresionante por Estados Unidos. Hay un documental (Gimme Shelter) que muestra imágenes de esa gira y un festival mítico donde los Angeles del Infierno mataron a cuatro tipos en un concierto gratuito. Pero como no soy un personaje de Lost solo me queda Shine a light o rezar para que se confirme el rumor de que este año vuelven a la Argentina.
La película tiene una breve introducción en la que muestran imágenes del “making off” y las horas previas al show. En bambalinas Scorsese se come la uñas antes del comienzo del show porque no le confirman la lista de canciones, porque no sabe con qué tema abren, porque de golpe a Mick Jagger no le gusta el armado del escenario (aunque fue él mismo quien lo había diagramado). Al contrario, los veteranos músicos parecen totalmente relajados, como si de golpe se prendieran las luces del escenario y ahí estuviera la verdad de la milanesa. También aportan algunas ideas geniales al experimentado director. Por ejemplo, Keith Richards sugiere colocar una cámara dentro del bombo de la batería. Hay una escena muy divertida donde mantienen una conversación con el ex presidente Bill Clinton. No sé si a ustedes les pasa pero yo cuando me encuentro en situaciones incómodas siempre me pregunto qué dirían personas mucho más geniales que yo como Lennon, García, Woody Allen o los mismísimos Rolling Stones. Cuando aparecen la esposa de Clinton y su madre (las esperaban para sacarse una foto) me doy cuenta que al final son tipos comunes y corrientes que dicen “mucho gusto en conocerla” y hacen sonrisas condescendientes para quedar bien. Keith Richards es el único que se sale un poco del libreto y saluda cariñosamente a Dorothy, la mamá de Hilary, como si fuera su propia abuela.
Finalmente Clinton, cuya fundación es la organizadora del recital, hace una paupérrima presentación (entre otras cosas dice que ese es su regalo de cumpleaños) y comienza el show. Las primeras imágenes son tomadas desde el fondo del teatro y ya se vislumbra la intención del director de que el espectador sienta que está ahí. El sonido no parece estar muy trabajado en estudio lo cual produce un efecto de realidad. En cuanto a la banda, el despliegue escénico sigue siendo el mismo de sus épocas doradas. Jagger sigue insistiendo con su “bailoteo ridículo” (en palabras de Lennon), Keith Richards con su aspecto de pirata del Caribe se mueve por todo el escenario, Roonie Woods sigue siendo el mejor complemento de Richards, y Charlie Watts mantiene su perfil bajo y el laconismo de siempre. Siguen sonando de puta madre. El tamaño reducido del teatro de Nueva York los ayuda a concentrarse en la música lo cual se hace difícil en estadios repletos de adolecentes gritando. Además, hay que decirlo, el público yanqui es muy frío (por no decir que es glacial) muy lejos de lo que es el calor del público argentino. Al menos eso dicen todas las bandas que vienen acá, aunque existe la posibilidad de que estemos asistiendo a la mentira más grande de la historia o una tomadura de pelo (demagogia sería la palabra exacta). La lista de canciones está poblada de viejos clásicos y algunas joyas no tan populares como “As tears go by”, primera composición hecha por Jagger/Richards.
Las canciones son intercaladas por fragmentos de viejas entrevistas. En una de principios de los 60’ le preguntan a un Jagger de cabello prolijamente peinado al estilo beat cuánto tiempo cree que van a seguir tocando. El responde que al menos un año. En otra entrevista posterior donde ya no se ve tan joven le preguntan si se imagina haciendo lo mismo a los sesenta años. Dice que sí. Otro rasgo común en las estrellas de rock: viven contradiciéndose.
Entre los invitados se destaca Buddy Guy, que toca la guitarra eléctrica y canta en “Champagne and reefer”, un tema del viejo blusero del Mississippi Muddy Waters. El negro toca como los dioses y no tiene vergüenza en opacar al tándem Richards/Woods. Sobre el dúo de guitarras que mantiene desde mediados de los 70’ con Woods dice Richards: “La verdad es que somos los dos igual de malos. Pero juntos somos los mejores”. Otro de los invitados es Jack White (de los White Stripes) cuya participación no se entiende salvo que sea el amante de la suegra de Clinton. Canta pésimo, desafina, trata de imitar a Brian Jones tocando la guitarra slide pero no le sale y con esa pinta de darky freak que se caga a trompadas con floggers en el Abasto desentona completamente. La última invitada es Cristina Aguilera quien canta “Live with me” junto a Mick Jagger y parece un ángel al lado suyo. Jagger muestra su chapa de galán apoyándola en dos ocasiones y agarrándola de la cintura. De todos modos lo que hace cuarenta años podía ser sensual en Jagger (sus labios suntuosos, sus movimientos, su bailoteo ridículo) y que atrajo a tanto público y a personajes del ambiente artístico como Andy Warhol, hoy resulta irrisorio y da asco. Verlo meneando las caderas y moviendo el trasero me da ganas de vomitar.
Una de las mejores partes del film es cuando Keith Richards se adueña de la batuta por un rato y canta algunas canciones. Ya cuando se acerca al micrófono y dice unas palabras uno confirma que está loco. Va a hacer “You got the silver” y “Connection”. Sorprende con su voz aguda y un tanto gastada. La garganta levemente lubricada por el whisky le da una entidad especial a su voz así como la tuvieron Charly García o Calamaro en su momento. Apenas termina la segunda canción empieza a sonar la percusión y los primeros acordes de piano que marcan el comienzo de “Sympathy for the devil”. El público yanqui se despierta y Jagger sorprende a todos saliendo del fondo del teatro haciendo los coros. Una luz fuertísima sale del fondo y parece como si fuera el propio Dios el que ingresara al teatro. Es uno de los puntos más altos del film.
No van a faltar otros hits del pasado como “Brown sugar” y “Start me up” para coronar una gran película. Al final creo que Scorsese logró lo que quería y ver Shine a light da la sensación de estar asistiendo a un gran concierto. Además no hay que pagar doscientos pesos, ni esquivar las represalias de la policía y correr como un desgraciado junto a hordas de rolingas. Eso esta bueno.

martes, 9 de febrero de 2010

Woody Allen, Larry David y "Whatever works"


Whatever works (Si la cosa funciona en castellano) no es sólo una nueva comedia en la larga lista de películas de Woody Allen. En primer lugar marca el regreso del cineasta a su queridísima Manhattan donde no filmaba desde Melinda y Melinda. Pero además es una de las mejores comedias que hizo Woody Allen desde Misterioso asesinato en Manhattan. Hubo algunas muy malas en el camino como Anything else y Scoop (Melinda y Melinda no entra en este análisis ya que tiene varios fragmentos de tragedia). Además, finalmente podemos decir que el creador de Zelig encontró a su sucesor. Luego de algunos intentos infructuosos, como el de Will Farrel en Melinda y Melinda, apareció Larry David. Si bien Woody Allen dice que Boris Yellnicoff, el personaje que interpreta Larry David en la película, no fue inspirado en él mismo, tiene todos los rasgos que suelen tener los personajes de Woody Allen: hipocondriaco, misántropo (aunque en este caso de manera exagerada), paranoico, cínico, sarcástico, ateo, etcétera. Tal vez en este caso se dan algunas particularidades como el poco interés que tiene Boris por el sexo y su fuerte tendencia al suicidio que no se dan en otros personajes que encarnó Woody Allen. Pero la comparación es inevitable.
El argumento de la película es muy simple y no es ahí donde reside la genialidad de la película. Boris Yellnicoff es un ex físico que se considera a sí mismo un genio y que estuvo cerca de ser nominado al Premio Nobel. Tiene una desconfianza y un odio hacia la humanidad descomunal. Por las noches suele despertarse con pesadillas gritando “el horror, el horror” como repite el personaje de Marlon Brando en Apocalipsis Now, o con la sensación de que va a morirse. Comienza con una escena donde Boris está discutiendo cuestiones religiosas con sus amigos en un bar. Esa es otra cuestión, Boris se refiere a los negros, los judíos y los católicos de manera despiadada como no lo hace ningún personaje de Woody Allen (y como nadie se animaría a hacerlo). El problema del cristianismo (o del comunismo), dice Boris a sus amigos, es que tiene una idea genial de la humanidad e ignora completamente la indecencia innata del hombre. De golpe Boris se levanta de la mesa de sus amigos y comienza a hablarle a la audiencia. Este es uno de los puntos más flojos e inverosímiles de la película, Boris como el único ser que sabe que está siendo observado por una audiencia mientras todos piensan que está loco. Se pregunta (mirando a la cámara): ¿por qué sería interesante contarles la historia de mi vida? “Nos soy un tipo agradable, dice, y si usted es uno de esos idiotas que sólo quiere sentirse bien, vaya a que le hagan masajes”. Boris no solamente es un hombre desagradable e irreverente con los otros personajes, sino que también lo es con el propio público. Por esa y otras frases la película alcanza momentos de genialidad que no reside tanto en los hechos como en los diálogos y en la gloriosa interpretación de Larry David. En la siguiente escena volvemos al pasado cuando Boris todavía estaba casado. De golpe se levanta con una pesadilla gritando “el horror, el horror” y dice que se va a morir. Tiene una discusión con su esposa y luego se tira por la ventana. Tiene la mala fortuna de caer sobre un cobertizo. La historia de la vida de Boris sigue con su divorcio y el abandono de la ciencia por la enseñanza del ajedrez a niños (tarea para la que no tiene mucha paciencia). En ese momento aparece la otra protagonista del film, Melodie Celestine (interpretada por Evan Rachel Wood), que representa a una joven ingenua y estúpida de Mississippi que huye a Nueva York en búsqueda de su futuro. Boris le va a permitir quedarse en su departamento en contra de su propia voluntad. Aquí aparece el contraste entre el racionalismo y la visión oscura de la vida que tiene el personaje que representa Larry David con la estupidez y la ignorancia de la pobre Melodie. A pesar de eso ambos van a acabar enamorándose. Aquí me vienen a la cabeza dos libros: uno Don Quijote de la Mancha y el otro Rayuela. Una de las cosas más logradas de la película es lo que en la obra de Cervantes se conoce como “quijotización de Sancho Panza”. Melodie admira desde un principio la genialidad de Boris y va a terminar adoptando sus teorías sobre el sin sentido de la vida y esa repulsión por la humanidad que tiene Boris. En cuanto a Rayuela, aunque en una clave muy distinta al de la novela de Cortázar, Woody Allen trabaja la relación desigual entre el genio y la estúpida, el hombre racional y la mujer ignorante. En esto también hay un dejo de machismo en el guión de Woody Allen. Boris no para de repetirle a Melodie con su forma de ser sincera hasta el hartazgo que tiene una inteligencia subnormal y que él es un genio.
Después la película se va a meter en recovecos impensados y van a ir apareciendo nuevos personajes que por momentos dejan a Larry David en un segundo plano. Pero no vale la pena dar detalles de estos hechos.
Para terminar me gustaría reproducir algunos pasajes de la película. Los diálogos de las películas de Woody Allen se parecen más a fragmentos de novelas o obras de teatro, no siguen las reglas comunes del cine y si formaran parte de un libro sin duda uno volvería hacia atrás todo el tiempo. Tiene películas que perfectamente podrían ser obras de teatro, películas donde no hay más de tres o cuatro escenarios y donde los diálogos larguísimos son el eje del film. A continuación algunas frases y diálogos memorables de Si la cosa funciona:

“El amor, a pesar de lo que te dicen, no lo conquista todo. El amor ni siquiera suele durar. Los sueños de nuestra juventud se reducen a cualquier cosa que funcione.”

“Soy un alma profundamente insensible, con una pésima idea de la condición humana. Era esperado que eventualmente te cansarías de ser apabullada por mí ser. No es fácil convivir con la grandeza, aún para alguien de inteligencia normal. Créeme, si puedo entender mecánica cuántica ciertamente puedo entender el proceso mental de seres subnormales.”

“El universo está separándose, ¿por qué no nosotros?”

“-Pero eso (ser gay) va contra la ley de Dios.
-Dios es gay.
-No puede ser, hijo. El universo es perfecto. Los océanos, los cielos, bellas flores y árboles en todos lados.
-Así es, es un decorador.”

“Suelo odiar las celebraciones de año nuevo. Todos desesperados por divertirse, tratando de celebrar de una forma patética, ¿celebrar qué? ¿Un paso más hacia la tumba? Por eso no me canso de decir, cualquier amor que puedas recibir o dar, cualquier felicidad que puedas obtener o dar, cualquier gracia temporal, lo que te funcione, no te limites, es bien sabido lo que te diré. Una gran parte de tu existencia está atrapada más de lo que quisieras admitir. ¿Sabes las posibilidades de que un esperma de tu padre de entre billones encuentre un solo huevo del que naciste? No pienses en eso, te dará un ataque de pánico."

martes, 26 de enero de 2010

SAYONARA Y UN DISCO DE PEZ


Ver una película mientras se escucha un disco no es algo muy usual, pero es algo que recomiendo ampliamente. El otro día puse el disco Los orfebres de Pez y me senté en el sillón. Enfrente estaba el televisor, estaba apagado. De golpe sentí un llamado, como si el aparato me pidiera a gritos que lo prendiera, aunque ya compenetrado con la música oscura de Los orfebres no quería ver un partido de fútbol repetido o a Roberto Fort en zunga en la playa. Por eso empecé a hacer zapping en busca de alguna película que le sirviera de “banda de imágenes” o de fondo a la música de Pez. En eso me encontré con un joven Marlon Brando que, vestido con un impecable uniforme militar, flirteaba con una actriz que no supe identificar. La película era Sayonara, un film de 1957, dirigido por Joshua Logan. Al principio la deje de fondo sin prestarle mucha atención. Estaba completamente compenetrado con el disco de Pez.
Los orfebres es un disco que se disfruta más si se lo escucha de principio a fin. Cada tema por separado no vale tanto como la obra en su conjunto. Creo que pasa algo similar con la mayoría de los discos de Pink Floyd. Los primeros temas del disco la rompen. Empieza con "Los orfebres", un tema con una introducción instrumental larguísima, donde ya se siente la impronta progresiva. En ese sentido este disco recuerda en muchos aspectos a Folklore, aunque tiene mucho menos producción y está grabado en vivo lo que le da un sonido mucho más crudo. En cierto momento la temática existencialista y anticatólica del disco cansa y parece como si Ariel Minimal se hubiese comido a Sartre antes de ponerse a componer. Sin embargo hay algunas canciones impresionantes como “Ultimo acto”, “Ni discos de Bob”, “Confuso como un héroe”, “Rey, verdugo y esclavo” y “Existencialista”. Ahora volvamos al film de Marlon Brando. Por un momento seguí la música de Pez dejando la película en un muy segundo plano. Las imágenes parecían hechas sin embargo para ser proyectadas junto a la música de Los orfebres. Me imagine un recital de la banda de Ariel Minimal con la película de Joshua Logan proyectada en el fondo del escenario. No le prestaba atención al argumento de la película. Sólo eran algunos militares, estadounidenses probablemente, y un par de japonesas paseándose por los jardines. Y gloriosos primeros planos de Marlon Brando, claro. Pero en algún momento la música pasó a un plano secundario. En la parte inferior de la pantalla podía leerse el subtitulado, entonces empecé a seguir los diálogos por simple curiosidad, o tal vez era otro llamado del televisor en este caso diciéndome: “lee el subtítulo, flaco”. La escena era la siguiente. El personaje de Marlon Brando, Lloyd Gruver, asiste al casamiento de un colega suyo, Kelly, con una japonesa. De pronto aparece una coreana que deslumbra a Brando. Se llama Hana Ogi y es cantante y bailarina. A partir de ahí Gruver hace todo lo posible para conocerla, se la pasa persiguiéndola por los jardines, hasta que consigue una cita con ella en la casa de Kelly y su esposa. A partir de ahí comienzan un romance que mantienen en secreto. El escenario de la película es la guerra de Corea. Estos militares norteamericanos están pasando un tiempo de descanso en Japón. Promediando el final de la película (a todo esto el disco de Pez había terminado y subí el volumen del televisor) le llega un comunicado de las fuerzas armadas a Kelly donde dice que debe retornar a los Estados Unidos. Son muchos los oficiales que se habían casado con japonesas y las fuerzas armadas prohibían el contacto con los nativos. Gruver se da cuenta de este plan y hace todo lo posible para que hagan una excepción con su amigo. Hay una escena increíble donde Gruver y Kelly asisten con sus parejas a ver una representación de títeres donde los amantes se matan entre sí porque su amor no era posible. Gruver no puede hacer nada para impedir el traslado de su amigo. La escena finaliza con los cuerpos de Kelly y su esposa japonesa bañados en sangre. Hasta aquí parecería una tragedia griega. Pero no olvidemos que estamos en Hollywood.
Lo más importante que nos deja la película es la representación del choque de dos culturas. Hay una frase de Hermann Hesse, de El lobo estepario, que encaja perfecto con el desenlace de la historia de amor entre Kelly y su esposa: “La vida humana se convierte en verdadero dolor, en verdadero infierno sólo allí donde dos épocas, dos culturas o religiones se entrecruzan”. Pero estamos en Hollywood y el desenlace del amorío entre Gruver y Hana Ogi no podía ser el mismo que el de sus amigos. Gruver va a volver a Estados Unidos, Hana Ogi se va a quedar en Japón con la compañía teatral a la cual pertenece. Pero luego de un tiempo el personaje de Marlon Brando vuelve a Japón y asiste a una obra de su ex amante donde le pide matrimonio. Cuando salen una multitud los espera, entre ellos hay algunos periodistas. El final es impresionante. Uno de los periodistas le pregunta a Gruver qué tiene para decirles a los japoneses. El personaje de Marlon Brando responde: “Dígales que les decimos sayonara”. En japonés quiere decir adiós.