martes, 20 de abril de 2010

Decisiones


Lo que ocurrió a Pedro Vidal ese año no fue un hecho fortuito sino un signo de las épocas que corrían. Un día se levantó de su asiento en la Facultad de Ciencias Sociales con la seguridad de que no quería volver a pisar ese lugar nunca más. Esperó a que terminara la clase de Teoría Política y Social para no llamar la atención, fiel a su perfil bajo, y se marchó. Cuando llegó al departamento que compartía con su novia en Palermo se lo dijo. Ella se quedó sorprendida, pero no hizo ningún comentario. Por varios minutos permanecieron callados, ella limpiando la vajilla y él parado en el umbral de la puerta. Su novia se llamaba Julia Villate. Había conocido a Pedro Vidal en la facultad donde también estudiaba Ciencias Políticas. Trabajaba en un call-center. Su madre, que vivía en Pergamino, no tenía dinero para pasarle (su padre había muerto cuando tenía once años). No así Pedro Vidal cuya familia era de Bahía Blanca donde tenían grandes cantidades de tierras y a quien su padre enviaba plata todos los meses. La madre de Julia Villate trabajaba en una fábrica.
Después de permanecer varios minutos callados, Julia rompió el silencio.
-¿Qué vas a hacer ahora? –le preguntó.
-No sé.
Temía que de contarle su proyecto ella lo creyera un delirante o un idiota, por eso le había respondido que no sabía. Era muy reservado y eso había sido un escollo cuando tuvo que conquistar a Julia en los primeros años de facultad. También era tímido e inseguro. Un día, luego de dar probablemente mil vueltas alrededor del teléfono, la había invitado a su departamento con la excusa de estudiar para un examen. A partir de ahí comenzaron a juntarse asiduamente, a veces para estudiar u otras veces para ir al cine o pasear por la ciudad, que ambos desconocían en gran parte. Poco tiempo después empezaron una relación amorosa. La decisión de ir a vivir juntos vino de parte de él. En ese entonces Julia vivía en una pensión en Once que le cobraba quinientos pesos al mes, un lugar al que Pedro Vidal sólo había ido en dos ocasiones y le había parecido horrible, un lugar donde apenas se podía respirar. Al principio Julia se resistió, dijo que no quería ser una carga para él, pero finalmente aceptó la propuesta y se mudó a su departamento en Palermo con las pocas pertenencias que tenía.
La forma en la que Pedro Vidal había abandonado esa aula de facultad estaba muy lejos de la típica actitud rebelde adolecente (que se extiende por mucho en estos tiempos). Tenía claro lo que quería, iba más allá de la corazonada o un exabrupto de la mente. Ciertamente, no hay que olvidar que pertenecía a una familia aristocrática y muy conservadora y, aunque estos términos suenan apócrifos (salvo para un sector de la izquierda que conocía de andar por los pasillos de la facultad), para su familia había ciertos designios prescriptos en la vida. Y uno de ellos era tener un título universitario. Los primeros días luego de su deserción universitaria, como la habría llamado su padre, que había sido militar, los pasó encerrado en su habitación. No hizo muchas cosas. Leyó algunos libros, aunque con voracidad, colocó un viejo estante en la pared, tarea que tenía rezagada desde hacía algún tiempo, pero fundamentalmente lo pasó meditando o mirando el techo, que en definitiva es lo mismo. Una noche mientras Julia preparaba la cena Pedro Vidal acabó con el misterio y le contó la verdadera razón por la que había abandonado la facultad.
-Voy a ser poeta –le dijo.
Julia creyó que se había vuelto loco.
-Pero vos jamás escribiste nada –dijo.
Pedro Vidal respondió que en un futuro iba a ser el mejor poeta del mundo. Luego volvieron al silencio que se había hecho costumbre.
Por algún tiempo Pedro Vidal mantuvo en secreto la decisión a su familia. Cuando hablaba por teléfono, con su madre mayormente porque con su padre nunca había tenido una comunicación fluida, les decía que todo andaba bien, que pronto tendría exámenes, que tenía que estudiar mucho y por eso no llamaba más seguido. Pero un día decidió que tenía que acabar con esa farsa. Es necesario mencionar que en todo este tiempo Pedro Vidal no escribió ni siquiera un verso. Su rutina seguía reducida a la lectura de algunos libros, la mayoría best-sellers y algunos libros de poemas que había comprado en una librería de saldos. También tuvo algunas peleas con Julia, justamente por su nueva afición a no hacer nada.
Atendió la mucama, una chica nueva que tenía linda voz. Pedro Vidal pidió que le pasara con su padre. La mucama dijo que el señor no se encontraba en ese momento y que cuando llegaba le decía que lo llamara. Se quedó lo que quedaba del día sentado junto al teléfono. La espera se tornó insoportable. Cuando sonó el teléfono se despertó de un sueño profundo. Tardó un rato en reponerse y comprender la situación. Había tenido un sueño rarísimo y eso lo mantuvo un tiempo perplejo hasta que retornó a la realidad y se encontró con la voz de su padre en el teléfono. Ahí estaba, como tantas veces había estado en su vida, el hijo frente al padre, obviando la ausencia física y los kilómetros de distancia que los separaban. Era lo mismo, y le recordaba a cuando era chico y debía pagar por las macanas que se mandaba. Ahora sólo restaba que lo diga: papá, dejé la facultad, y voy a ser poeta, el mejor poeta del mundo. No era tan difícil, no era tan difícil. Lo dijo. En realidad fue más como si por un segundo se hubiera desvanecido, hubiera dejado de ser, y en ese lapso las palabras se hubieran pronunciado solas. Después volvió y escuchó la ira de su padre, a quien imaginó al borde del colapso, mientras escupía una larga lista de improperios. Entre otras definiciones, le dijo que era un vago, un inútil, un parásito y hasta se animó a nombrarlo la escoria de la humanidad. Sin embargo, Pedro Vidal se mantuvo firme en su decisión. Antes de colgar abruptamente el teléfono el padre lo amenazó con dejar de pagarle el alquiler del departamento y mandarle la cuota mensual si no cambiaba su decisión.
No tardaron mucho tiempo en mudarse. Intentaron encontrar un lugar que se acercara a las comodidades del departamento de Palermo, un tres ambientes con dos baños, pero los precios subían cada mes y tuvieron que bajar sus pretensiones. Sólo les alcanzó para alquilar un cuarto en Once, cerca de la antigua pensión donde vivía Julia, por setecientos pesos. Julia Villate, que para ese entonces ya se estaba empezando a hartar de los delirios de Pedro Vidal, dignos de una novela decimonónica, le dijo a su novio que iba a tener que buscar trabajo. Él dijo que esas eran ocupaciones burguesas que solo iban a obstaculizar su carrera como poeta. Julia dijo que si no lo hacía iba a echarlo, aunque le doliera. Pedro Vidal dijo que lo intentaría, aunque solo fue para tranquilizarla. Al poco tiempo de mudarse volvió a tener aquel sueño que tanto lo había perturbado antes de hablar con su padre. Y esto comenzó a sucederle con frecuencia. En el sueño aparecían cadenas, muchísimas cadenas, y había un montón de gente con aspecto de marineros y un mar furioso que lo arrastraba con la corriente, lo alejaba y lo volvía acercar al puerto. Parecían imágenes de una película de terror y siempre se levantaba en el medio del sueño gritando y con la sensación de quien se está muriendo. En uno de esos sueños uno de los marineros, un tipo enorme que daba miedo, agarró una cadena y empezó a azotarlo mientras la corriente lo arrastraba por el piso. Al cabo de un rato se dio cuenta de que aquel hombre que lo golpeaba con las cadenas era su padre. En el sueño Pedro Vidal lloraba desconsoladamente y le preguntaba al marinero porqué lo hacía mientras era golpeado sin compasión. Después una ola enorme lo arrastraba y, por lo general, despertaba con una sensación de asfixia. Una noche, mientras comían un pancho en un maxi-kiosco de la calle Corrientes, Pedro Vidal le contó a su novia el sueño que lo atormentaba casi todas las noches. Julia dijo que ella no creía en la teoría freudiana del inconsciente y que para ella los sueños no significaban nada. Él le describió la sensación de estar ahogándose que sentía cada vez que despertaba. Ella le dijo que eso era por estar todo el día encerrado en ese cuarto.
Esa misma semana, finalmente, Julia echó a Pedro Vidal del cuarto donde vivían. Aquel día había aparecido en la habitación de Once con tres bolsas llenas de libros. Los había comprado en una casa antigua que quedaba a la vuelta de la pensión. Al parecer estaban rematando la casa entera, incluida una biblioteca inmensa repleta de libros viejos. Cuando Julia lo vio llegar con esa cantidad de libros empezó a putearlo. Dijo que era un vividor y que estaba acostumbrado a ser mantenido como lo había hecho toda la vida su familia, pero que ella la había luchado toda su vida y no iba a permitir que viviera de ella. Después le dijo que se fuera y no volviera más. Pedro Vidal puso en una bolsa algunas pertenencias, agarró algunos de los libros que había comprado, y se marchó sin saber a dónde iría o bajo qué techo dormiría esa noche. Julia, que había empezado a llorar, agachó la cabeza y escuchó los pasos cansinos de Vidal que franquearon la puerta y cuyo sonido fue desapareciendo a medida que se alejaba por las escaleras.
Esa noche Pedro Vidal por primera vez en su vida se sintió solo y desamparado. De todos modos no estaba triste por lo ocurrido. Es más, lo creyó una buena oportunidad para definitivamente ingresar en el mundo de las letras. Todos los poetas en algún momento de su vida habían sido pobres y vagado por los recovecos del mundo, aunque ignoraba la existencia de grandes poetas que habían pertenecido a la aristocracia, en cierta manera, como él. Estuvo algunas horas caminando por la ciudad, hasta que se cansó y se sentó en una plaza. Leyó algunos poemas de Dylan Thomas en una edición viejísima y luego se quedó dormido sobre el banco. Esa noche volvió a tener el mismo sueño. Pero esta vez su padre, que lucía extraño como marinero, no solamente lo azotaba a él con las cadenas. Había una larga fila de personas entre las cuales estaba Julia y una señora rubia que él supuso que era la madre de Julia, a quienes su padre golpeaba con furia. La imagen era insoportable y lo hacía sentirse impotente mientras el mar lo arrastraba. Después, como ocurría siempre, venía una ola gigante y se lo llevaba. Cuando despertó sintió que se ahogaba y empezó a toser. Había un montón de palomas alrededor que hacían un ruido insoportable y no quiso seguir durmiendo. Pensó en las palomas como mensajeras y por primera vez desde que se había ido extrañó a Julia. Se le ocurrió que podía escribir un poema para Julia y atarlo a la patita de una paloma para que volara hasta ella y se lo diera. Pero enseguida lo olvidó y se fue de la plaza. Cuando pasó por un kiosco de revistas y vio que los empleados estaban armando los diarios se dio cuenta de que era temprano. Compró un diario y luego se sentó en una confitería donde pidió un café y dos medialunas de manteca. Pasó rápidamente los títulos de la sección de política, que no le interesaba en lo más mínimo. En la quinta página había una foto de un tanque y unos soldados. Leyó algo sobre una invasión, en Oriente probablemente, pero no le prestó mucha atención. En la sección de cultura había dos notas que se detuvo a leer. Una hacía mención de un estudio hecho por sociólogos argentinos. Este indicaba que solo el cincuenta porciento de los estudiantes universitarios se graduaban. La otra era una entrevista a un filósofo alemán que hablaba del posmodernismo y la pérdida de ideales en las nuevas generaciones. Trató de memorizar el nombre del filósofo alemán, pero era tan raro que incluso era imposible de pronunciar.
Esa mañana, luego de leer el diario y tomar el desayuno, Pedro Vidal se presentó en la habitación de Once donde un día atrás vivía con Julia. Ella le abrió la puerta y lo dejó entrar sin decir nada. Tenía cara de dormida y no parecía haber tenido una buena noche, aunque comparado con la suya era factible que hubiera sido mejor. Pedro Vidal hablaba como si no hubiera pasado nada entre ellos, como si no recordara que un día atrás ella lo había echado a gritos de ese mismo lugar. Le contó que había dormido en una plaza, le habló de las palomas, de la poesía, mencionó algún verso de Dylan Thomas que había leído, y también habló sobre la vida que debe llevar un poeta. En un momento Julia le pidió que se callara. Vidal, que no había reparado hasta entonces en las lágrimas que caían de sus ojos, interrumpió su monólogo. Julia estuvo un rato para contener el llanto y luego empezó a hablar. Decía, entre sollozos, que quería que todo volviera a ser como antes, como cuando se conocieron, cuando iban al cine y paseaban por la ciudad y no como era ahora. Pedro Vidal estaba distraído, la perorata de Julia sonaba de fondo como un disco rayado. ¿Como era antes? ¿Ahora? ¿Qué era todo eso? Miró por la ventana, un pequeño agujero en la pared que era el único contacto del cuarto con el exterior. Se detuvo un minuto en el edificio de enfrente. Una señora planchaba la ropa tranquilamente. Pudiese haber pasado ese hecho por alto, como se dejan pasar tantas cosas. Pero había algo que lo hipnotizaba en la serenidad periódica con que esa mujer hacía su trabajo.
-¿Tu mamá es rubia? –le preguntó a Julia.
Julia, que seguía con su monólogo, se sorprendió con la pregunta.
-No –dijo –. ¿Por qué?
-No, por nada.

2 comentarios:

Mauro K dijo...

Lo que más me gustó es el dato sobre la inflación. Desde que Julia aw mudó al depto de Palermo hasta que se mudo la pareja a Once hubo un aumento de 200 pesos en los alquileres.Espectacular.

Valèrie dijo...

Cuando uno lee algo por segunda vez, siempre le encuentra cosas diferentes. Y aunque lo hayas reformulado, también pude detenerme en otros detalles que en mi primera lectura había pasado por alto. Señas de que vas por buen camino, ¿no? A lo bueno uno siempre le encuentra algo nuevo…
Me dejaste atónita con el final. Pedro estaba abstraído y no escuchaba a Julia, estaba en su propio mundo de letras pensando en vaya a saber qué…¿pero de dónde provino aquella pregunta? ¿Por qué precisamente esa? Ah! Ahora quiero que me cuentes…