jueves, 26 de septiembre de 2019

Tomi Lebrero y la máquina de hacer canciones (Parte I)


por Manuel Bence Pieres

QUE NO CAIGA LA AVENTURA
“Esta cuestión de sacar tanto material junto por un lado es vistosa porque no mucha gente hace esto, parece de Record Guinness”, dice Tomi Lebrero, “pero por otro lado anula el material, como quien tiene la fábrica de hacer chorizos”. Y tiene razón, no hay muchos músicos que graben un álbum duodécuplo. Él mismo confiesa que tuvo que ir al diccionario. Según la RAE: que contiene un número doce veces exactamente. La nueva obra de Lebrero tiene 12 discos, todo un record. En la era de lo instantáneo, del hashtag y los influencers, donde el Long Play parece demodé, hacer un álbum de más de 200 canciones es todo un gesto. Es probable que él mismo no se imaginara la dimensión de la hazaña cuando comenzó con este proyecto. Pero como canta en “Adventures”, canción incluida en la cuarta entrega del disco: “que cae, que rueda y si rueda que no caiga la aventura”.
Ahora sentado sobre el sofá del PH donde vive en Chacarita, a pocas cuadras del cementerio, se queja de los dolores que lo afligen. Hace un mes se cayó del caballo y se lastimó un brazo. El dolor le impedía tocar la guitarra y el bandoneón con normalidad, entonces empezó a hacer kinesiología. Justo cuando parecía estar recuperándose, chocó con otra bicicleta mientras andaba por la bicisenda. Y fue volver a empezar de nuevo. “Creo que me hice mierda un pulmón”, dice. Y bromea: “¡por ahí es mi última entrevista!”. Va a ir al médico, tiene que terminar con esta maratón. Fueron casi seis años entre grabaciones, ensayos, carpetas llenas con letras de canciones, idas y vueltas, planillas, colas en oficinas del Estado, nuevas canciones que iban apareciendo y no podían quedar afuera. Fue una verdadera maratón, interminable. Esto está muy bien representado por las imágenes promocionales del disco, que lo muestran en cuclillas, con vincha roja, ropa deportiva y su distintivo rostro barbado, dispuesto a comenzar la carrera.  Ya lleva publicados once discos de la saga que comenzó a subir a spotify en septiembre del año pasado bajo el título “12”. Todavía le falta uno y, a pesar de tantos contratiempos (“su centauro está fisura”), trabaja a contra reloj para ponerle broche a su obra antes de octubre. 
¿Pero por qué no hace más ruido la aparición de una obra de semejantes características? A fin del año pasado, cuando las revistas especializadas suelen sacar sus listas con los mejores álbumes del año, publicó en instagram: “Veo las listas de los discos del año y no estoy en ninguna. ¿Ni una mención a un disco de 160 canciones que va saliendo mes a mes?”. La imagen que acompañaba el texto mostraba el fin de la maratón: Tomi acostado en el pasto, sin aire, fusilado, con los brazos abiertos. En “Milonga pa’ San Carlos”, del cuarto disco, se repite el reclamo en forma de payada: “Yo que soy cantautorzuelo/también he tenido que trabajar para alguna estrella de turno/o para algún periodista onda Rolling Stone, Inrockuptibles/Y poco han hecho, che/en 13 años ni una sola nota”. Pero Tomi está orgulloso de su obra, de cada uno de sus discos, a pesar de por momentos no generar la resonancia que espera en la prensa. “Hay momentos de desesperanza”, dice. Luego imposta la voz, como poniéndose el traje de alguien con aires de estrella de rock: “Ah, yo siempre compuse mucho, soy un genio, los temas me salen…”. Ahora hace una pausa, y se desinfla: “No es así. Tenes que vivir mucho, caminar mucho, darte contra las paredes muchas veces, para sacar un pedacito de emoción. No es que los temas me salen así: ‘ay, que loco estoy’. Hay mucho esfuerzo puesto en los discos”.

No hay demasiados precedentes de un álbum como “12”. Cuando se terminaba el último milenio Andrés Calamaro se encerró en su departamento con una portastudio y le dio vida a “El salmón” (2000), un disco quíntuple. Fue Jano Seitún, amigo y socio musical de Lebrero desde la infancia, el que en broma bautizó al disco como “La trucha”, en alusión a la obra de Calamaro. Sin embargo, cuando habla de su disco Tomi prefiere despegarse del ex Abuelos de la Nada.
-El disco en un momento se iba a llamar “La trucha”, pero me pareció que era hacerle demasiada honra al disco de Calamaro. Así que elegí un título más anodino. Me costó mucho encontrar un título para la obra. Finalmente, entre el diseñador y mi primo me ayudaron, y llegamos a este. La idea era un poco eso, llegar a un título más neutro.
-¿De dónde surge la idea de hacer un disco tan largo?
-En el 2008 empecé a dar talleres de composición junto a Jano. Y ahí comencé a tener otra relación con la canción, porque pasé de sólo componer a una instancia de analizar más la canción y corregir. Paralelamente, yo siempre compuse mucho. Y en el 2015, Lucila Pivetta, una amiga, bajista del Puchero, hizo un proyecto que era sacar una canción por día durante 100 días. Me acuerdo que pensé: ¡qué hija de puta Lu! ¡Yo quería hacer algo así! Entonces me puse a pensar: yo puedo hacer algo así… ¡tengo 100 canciones en el cajón! Así que busqué elevar la apuesta. Porque ella solamente filmaba un video y lo subía.
-La producción es bastante cuidada a pesar de la extensión del disco.
-Por lo menos está a la altura de mis otros discos. Cada canción tiene su razón de ser. Hay algunas que son más bien separadores, más experimentales. Era un poco lo que buscaba en una obra tan larga. Así y todo, me parece que todos los temas tienen su razón de ser. “El salmón”, que es otro disco largo, tiene ese espíritu más de ready make. Si bien tiene cosas alucinantes, a la misma vez se nota que es un disco de tres meses, de tres amigos tomando falopa. Tiene cosas brillantes, pero varios momentos muy descuidados. Me parece que ese no es el espíritu de “12”.
Para explicar las características de su nueva obra tiene que recurrir a analogías impensadas. Le gusta citar a otros compositores, músicos o escritores famosos. Pero ahora, extrañamente, se sirve de la nutrición: “A mí me interesa siempre armar platos balanceados. En un momento me copé con la macrobiótica, que dice que en el plato debe haber un tanto de cereal, un tanto de verdura, otro tanto de proteínas… Acá en estos 12 discos que estoy armando, quiero que haya temas más arreglados y establecidos, otros intermedios, otros más readymake, improvisaciones”.
De la macrobiótica pasa a citar a alguno de sus compositores predilectos: “Javier Krahe dice que a él le gusta contar historias y que no le pidan otra cosa. A mí no. Yo tengo una tendencia hacia lo narrativo, me copa mucho lo narrativo dentro de la canción, casi todas mis canciones son como cuentitos. En ese sentido, tanto Brassens como Krahe me pegaron mucho. Pero también hago esfuerzos para ir hacia temas diferentes a lo narrativo”. De golpe se jacta de que en “Gualeguay”, uno de sus temas más conocidos, no impera lo narrativo. Y hace un análisis de la letrística del rock nacional: “En Argentina no hay tanta tradición narrativa. Si bien están Peperina, Cachito, 11 y 6, lo narrativo no es lo que prevalece en el rock nacional”. 
Hay una experiencia lebreriana que pareciera más asociada al vivo. Ahí predominan la espontaneidad, la improvisación y cierta locura que completan The Lebrero Experience. Aspectos que a priori serían difíciles de trasladar al disco. Sin embargo, hay algo de eso que puede percibirse con la escucha de “12”. Cuando se lo comento, en nuestro primer encuentro, Tomi se alegra de la crítica. Por momentos parece cansado y se agarra el brazo que se lastimó domando a un potrillo en la estancia familiar, en Dolores. “Hay un poco una cristalización del estilo”, dice. Hace una pausa y vuelve sobre sus propias palabras: “que duro decir cristalización del estilo, porque no hay nada peor que cristalizar el estilo. Pero bueno, hay algo de clasicismo lebreriano si se quiere”. Luego confiesa que recibe reclamos de parte de la audiencia, que le piden que sus discos suenen más parecidos al vivo. “Es muy difícil, mis shows son muy performáticos”, sostiene. No está tan seguro de que eso se vea reflejado en este disco, pero le gustaría satisfacer el pedido de su público. “Probablemente después de ‘12’ me mande a hacer algo así más en vivo, más performático”. Finalmente, rechaza mi tesis, a pesar de haber celebrado la crítica hace tan sólo un instante: “Este no es así, es más un disco de estudio”.

HAY OTRA CANCIÓN
Tomi Lebrero asomó la cabeza en la escena cultural porteña en 2005, con la publicación de su primer disco “Puchero Misterioso”. Eran momentos en los que el horizonte del rock se había achatado y parecía haberse quedado sin nada para decir. En medio del furor del rock barrial aparecieron un grupo de cantautores que sí tenían algo para decir y que habían tomado como bandera bajarle el volumen a la escena musical. Había una necesidad de una nueva canción que representara a esa generación. Esa canción ponía el foco sobre las letras y recuperaba el interés por lo acústico, además de abarcar de manera desprejuiciada diversos géneros. En medio de todo eso a Pablo Dacal se le ocurrió escribir un manifiesto, a modo de panfleto, que expresara esa grieta que se había generado, al cual tituló “Asesinato del rock”. Un poco a la manera de los surrealistas de los años 20, o del movimiento del Nuevo Cancionero, que reformó el folclore en los años 60, Dacal resumió en un un par de puntos lo que muchos sentían sobre el género: que no representaba a esta generación, que se había vuelto conservador, que estaba falto de ideas y que había que encontrar nuevos canales de expresión.

Al mismo tiempo que presentaba su primer disco en el MALBA, con su grupo el Puchero Misterioso, Lebrero empezó a vincularse con otros cantautores, junto con quienes marcaría el pulso de la escena de los siguientes años. Fue Gustavo Álvarez Nuñez -poeta, editor y director de la revista Les Inrockuptibles-, quien le sugirió a Dacal que escuchara lo que estaban haciendo Tomi Lebrero, Pablo Grinjot y Jano Seitún, que había empezado a presentarse bajo el seudónimo de Alvy Singer. Así lo recuerda Grinjot: “Primero me invitó a mí a cenar y la conocí a Tálata Rodríguez, que estaba en pareja con él. Ahí me habló de Tomi y Jano, pero lo loco es que el gesto de convocatoria lo hiciera Pablo Dacal, porque Jano, Tomi y yo ya nos conocíamos de antes de acá, de zona norte. No se nos había ocurrido juntarnos, pero hubo otro de afuera del círculo que nos convocó y salió natural. Era obvio que nos teníamos que encontrar, que había que hacer algo juntos”.
Jano Seitún había formado parte del primer grupo de Tomi, Mona Lisa, cuando todavía iban al colegio. Luego, durante un tiempo, siguieron rumbos diferentes. Jano tuvo sus años de fascinación con el jazz, empezó a estudiar contrabajo y formó parte de la Orquesta Académica de Tango del Teatro Colón. Al mismo tiempo, Tomi se compró un bandoneón y empezó a estudiar con Rodolfo Mederos. Fueron varios años donde se sumergió en el universo del tango, se unió a la Orquesta Típica Fernandez Fierro, y hasta hizo un par de giras por Europa acompañando a un ballet junto a un seleccionado de jóvenes bandoneonistas armado por Mederos. Después de esos años de formación académica (y no tanto), la canción los volvería a juntar. “A Tomi siempre lo tuve cerca, me daba cuenta de que él estaba haciendo un proceso similar al mío, pero desde un lugar más tanguero. Él también empezaba a juntar ese mundo de la canción que traía desde chico, pero que lo tenía de alguna manera postergado, con esos estudios que estaba haciendo sobre el tango. Y, de repente, escuchamos de otro loco que hacía algo parecido con la música clásica, que era Grinjot, que tocaba con una orquesta de cuerdas. Y él nos contó de Dacal que hacía algo parecido, pero con la onda de la chanson francesa”, recuerda Jano. “Había mucha efervescencia”, dice Tomi al rememorar esos comienzos: “cada uno dentro de ese grupo tenía un poco su característica. Jano tenía su Big Band que era más jazzera; Dacal estaba con la Orquesta de Salón que era más como una fanfarria, más balcánica, con instrumentos muy diversos; Grinjot tenía un fetiche más clasicón, más académico, con violines; y yo tenía un fetiche más criollo y tanguero”. 
La primera formación del Puchero Misterioso tomaba como modelo a las antiguas orquestas de tango. Estaba formado por Acha Ludeña en contrabajo, Ramiro Miranda en violín, Mariano Heler en guitarra y Lucas Argomedo en cello. Justamente fue esa tendencia hacia lo acústico una de las cosas que hizo que Tomi se identificara con Dacal, Grinjot y su amigo de la infancia, Jano Seitún: “Lo común con los cuatro proyectos es que eran formaciones bastante acústicas, con instrumentos muy propios del rock. Si bien todos teníamos una formación rockera de cuna”. Pero los géneros que abarcaban sus canciones le escapaban al rock puro y no tenían escrúpulos en meter todo dentro de la licuadora: “Una generación antes era: sos rockero o sos tanguero, como que había una decisión. Nosotros creo que fuimos la primera generación en decir: nos interesan las letras, los instrumentos acústicos. Había un cambio de paradigma, sobre todo viniendo después de los 90 que fueron muy rockeros, muy grunge, con bandas como Suarez o Giradioses”, reflexiona Tomi.
Durante los años 90 Pablo Grinjot colaboró como violinista en algunas bandas del under porteño como Jaime Sin Tierra y Me Darás Mil Hijos. Sin embargo, a la hora de armar su proyecto solista, se orientó por una formación despojada de instrumentos eléctricos: “Encontramos que todos tocábamos con cajón peruano y ninguno con batería, todos con contrabajo… ¡guau bingo! Encontramos a nuestros socios ideales”, recuerda sobre esas reuniones seminales en las cuales se plantearon las diferencias con lo que estaba sonando: “Yo creo que nosotros fuimos una reacción contra el rock garage, no una reacción violenta o negativa. Quiero decir, cuando te plantas lo primero que haces es plantear una distancia con lo que hay”. En esas primeras reuniones, también se establecieron algunas similitudes: “Nos sentíamos un poco filiados a Drexler y a Kevin Johansen, así como a los Reincidentes y Mil Hijos. Pero por más filiados que estábamos, no queríamos parecernos ni a uno, ni a los otros”, recuerda Grinjot. Kevin Johansen no paraba de sonar en las radios con el hit “Down with my baby”, mientras que Drexler había ganado un Oscar en 2005 con la canción “Al lado del río”. Era inevitable la comparación, por el sonido despojado de las canciones. Pero ellos no se sentían parte de la misma corriente: “En todo caso éramos seguidores de los mismos proyectos”, explica Grinjot: “quizás ellos eran hermanos mayores”. Tomi recuerda con cierto desparpajo la comparación de la cual se sentía víctima: “Nos sentíamos bastante punta de lanza. Había algunas referencias, pero capaz no las conocíamos tanto. Casi te podría decir que fue una casualidad que por esos años aparecieran Kevin Johansen, Axel Krygier… pero ellos no nos habían influenciado. Me acuerdo que yo tocaba y me decían: ‘ah, me haces acordar a Kevin Johansen’. Y yo decía: ‘¡la puta madre, la verdad que no!’ Está todo bien, pero no es que yo había escuchado a Kevin, era una cosa más generacional”. 
En septiembre de 2005 se presentaron por primera vez como colectivo de cantautores. Fueron dos conciertos en el emblemático Teatro Margarita Xirgu, que promocionaron con el título “Cuatro Solistas con Orquesta”. El flyer que promocionaba el show mostraba a los cuatro “solistas” empilchados para la ocasión: Jano vestido con un traje blanco, Tomi con una túnica blanca que le daba un aire de profeta, Grinjot de chaleco y camisa blanca, y Dacal con una campera verde oliva.
-Eran para las postales y para unos afiches –recuerda Pablo Grinjot -. Incluso, en vivo tocamos con esos trajes. Tálata trabajaba de asistente de Vicky Otero, una diseñadora de indumentaria. Entonces Vicky nos hizo la ropa y nos cobró sólo la tela. Nos hacían la gamba, nos hacíamos gamba entre todos. Se prendía todo el mundo.
En la elección de la sala, un viejo teatro de ópera ubicado en San Telmo, influyó la apuesta por compartir sus canciones apoyados en sus orquestas, y de forma acústica: “Le buscamos la vuelta para que sea una amplificación mínima”, recuerda Jano. “Me acuerdo que no había amplificación individual, sino que había unos micrófonos más ambientales que tomaban un poco lo que eran los ensambles. Creo que había un micrófono siempre para el cantante, y dos condenser más ambientales para que tomaran la banda. Y está bueno, porque también de esa manera vos ensayas realmente sabiendo lo que va a escuchar la gente, aprendes a hacer la mezcla vos”. Se habían tomado muy enserio aquello que decía Atahualpa Yupanqui, en su libro “El canto del viento”, publicado en 1965: “Pareciera que la guitarra, cuanto más se acerca a los micrófonos, más se aleja de la tierra y sus misterios”. Había que alejarse de los micrófonos.
Era habitual que estuvieran como invitados en los conciertos de los otros. Mientras tanto iban apareciendo otros cantautores que se sumaban a la movida: Lucio Mantel, Nacho Rodríguez, el Gnomo, Alfonso Barbieri, Juanito el Cantor, Ezequiel Borra, entre otros. En octubre de ese mismo año el cuarteto de cantautores organizó un ciclo en la Alianza Francesa donde homenajearon a músicos franceses como Georges Brassens, Serge Gainsbourg, Erik Satie y Georges Bizet.
Dentro de esa búsqueda de identidad había algo en el nombre que no los conformaba. Por eso cuando se volvieron a presentar en 2007 en el Teatro IFT, en el Abasto, lo llamaron “Ciclo de Cantautores con Orquesta”. De todos modos, el término “cantautor” tampoco terminaba de convencerlos. “Tal vez esa palabra no nos definía tanto porque tenía una connotación medio Paz Martinez, cantautor español. Como que singing songwritter suena un poco más elegante. Pero, no sé, elegimos cancionistas”, recuerda Tomi. Fue Dacal el que acuñó el término que luego el periodista Martín Graziano utilizaría en su libro “Cancionistas del Río de la Plata”, publicado en 2011, para aglomerar a toda una generación de músicos. “Yo igual uso todos”, se defiende Tomi. Aunque aclara: “si hay una tribu en la que me siento más ‘estos son mis pares’, es en esta de los cancionistas”. A Grinjot la palabra lo remite a un género de carácter menor: “Cantautor tiene cierta connotación, esa cosa como que vas a un bar y hay un tipo con los parlantes cantando unas canciones que por ahí son malísimas. Hay un género cantautor que me parece un poco más ramplón. Nosotros creo que éramos un poco más joyeros de la música”. A Jano también le hacen ruido la utilización de esos términos: “A veces esas palabras denotan cosas con las que uno no se copa tanto. A mí todas en general me tiran reminiscencias raras. Cantautor me suena a un bajón y solista me suena a Iván Noble o a Ciro y los Persas. Son palabras difíciles”.
En el 2012 el movimiento de cancionistas tuvo su momento de mayor popularidad. Al cuarteto inicial se le sumaron Nacho Rodríguez, Alfonso Barbieri y Lucio Mantel, para hacer un show con orquesta en el Teatro Coliseo. Al concierto lo promocionaron con el nombre de una canción de Fito Paéz: Hay otra canción. Y el rosarino fue el invitado estelar de la noche. Había allí un mensaje que condensaba la importancia de esta generación, que le había dado un aire nuevo a la música argentina. La escena había cambiado mucho desde 2005, pero había una sensación de misión cumplida. “Había una especie de mito con respecto a esos dos ciclos que habíamos hecho antes y se quería hacer eso, pero más grande”, recuerda Grinjot sobre la propuesta que recibieron de parte del productor Marcelo Ramos. “Lo del Coliseo más que un revival siento que fue el punto más alto de todo ese recorrido”, dice Jano al evocar esa presentación a sala llena: “Dacal estaba con ‘Las guitarras del tiempo’ que para mí es uno de sus discos más lindos, Tomi estaba con ‘Me arrepiento de todo’. Cuando miro para atrás hay un recorrido que arranca en el Xirgu y tiene su climax en el Coliseo. Junta todo eso que nosotros hacíamos de manera artesanal y lo lleva a una cosa esplendorosa, como de calle Corrientes, pero en la calle Marcelo T. de Alvear”, dice Jano y se ríe de su ocurrencia.
Sin embargo, hay sensaciones encontradas al evocar, no sin cierta nostalgia, esos momentos de efervescencia. “Tengo recuerdos lindos de esa noche”, dice Jano: “igual, no sé, digo que fue un momento alto de Tomi, pero siento que Tomi ahora está en un momento altísimo. Lo que está haciendo este año es histórico… ¡el chabón está haciendo un disco por mes! ¡Y de ese nivel!”.
Cuando le pregunto por ese momento de su carrera, Tomi intenta evitar la idealización del pasado o la saudade. De pronto, empiezo a notar cierta incomodidad con respecto a mi intención arqueológica. Prefiere hablar de su nuevo disco, teorizar sobre la canción o contarme de sus próximos proyectos. Finalmente, adopta un tono serio, y dice:
-Siento que son difíciles esas cuestiones de juntar tanta gente y de ponerse todos de acuerdo como movimiento. Yo creo que todos tenemos sentimientos encontrados con eso. Por un lado te sentís parte de un colectivo, y por otro lado uno siente la particularidad de uno. Entregarte a un colectivo, someterte a ciertas reglas, yo qué sé. Creo que somos todos demasiado anárquicos para hacer un movimiento como de golpe puede haber sido el surrealismo”.  

EL CAMINO TE HACE BIEN
-Creo que me hice mierda un pulmón. El lunes voy a ir al médico.
-¿Cómo estás del brazo? –le pregunto.
-Me hice mierda, boludo. Venía re bien, re aplicado, curándome, y retrocedí veinte casilleros al caerme de la bici.
Ahora en el living del PH en Chacarita, con dos gatos custodiando atentamente sus palabras, cuenta como fue el accidente mientras intentaba domar a uno de sus potros: “Me caí re hippie, medio citadino. Me sacó la ficha el caballo. Yo estaba ahí en cuero y el caballo estaba muy salvaje”. Cuenta que en el último tiempo se enganchó con la doma racional, que busca adiestrar al animal de forma positiva, prescindiendo de la violencia.
En el 2012, luego de publicar su disco “Fraude”, inició un viaje a caballo desde Dolores hasta los Valles Calchaquíes, en Salta. El producto de ese viaje fue la horse movie “No va llegar”, que se estrenó en el BAFICI en 2015. Allí nacieron muchas de las canciones que aparecen en “12”: “Hay muchos temas del disco que tienen que ver con la vivencia de ese viaje”, dice. “Fue un viaje muy inspiracional en algún punto. Tenía mucho tiempo al estar viajando, tocaba mucho el ukelele y de manija que soy me puse a componer bastante”. Una de las historias que resalta como anécdota, es la de “Yanasu”, que compuso en Salavina, un pueblo en la provincia de Santiago del Estero, mientras contemplaba el nacimiento de la cría de uno de los tres caballos que lo acompañaron en su periplo.
-Una de las yeguas venía preñada. No lo sabía, pero obviamente en un momento me avivé. Fue muy lindo porque yo tenía una cámara y como estaba muy presente el proyecto de la película, quería filmar el nacimiento. Me levantaba muy temprano, tipo cinco y media o seis de la mañana.
Lo que ocurrió, finalmente, fue que un día se despertó y la yegua ya había parido. Fue un 5 de septiembre, mismo día que el nacimiento de su admirado Werner Herzog, como señala la letra. Lo bautizó Yanasu, que significa amigo en lengua quechua. Y ese fue también el nombre de la canción que hizo mientras le imploraba al animal recién nacido que se pusiera de pie: Yanasu, amigo, vamos, parate, parate, que esta primavera trae tu nombre…  
-Fue una emoción, salió ese tema que es con el que abro el primer disco. Es una canción especial, uno tiene muchas canciones, pero hay algunas que brillan por sí solas. Es más positiva. Yo siempre soy más refunfuñon, y esta es más Paul McCartney, tipo “Let it be”. Tiene una energía más arriba.
No fue el único viaje que hizo en los últimos años. Ya lleva en su haber cinco giras por Japón, dos por Europa, sin contar la gran cantidad de presentaciones a lo largo de la Argentina y otros países de América Latina.
-¿Cómo surgió tu relación con Japón?
-Lo de Japón apareció por Nico Falcoff, un productor argentino de un sello bastante chico de Japón llamado Taiyo Records, que le mandé unos discos. Yo creo que le interesó mi perfil, ver que era un tipo bastante ecléctico que tocaba el bandoneón. El tocar un instrumento tan representativo de este país era una carta a favor que tenía. Y la verdad que todos los pasos que di en Japón fueron buenos. Tuve un enganche con los japoneses, que en cada viaje se fue retroalimentando. No te voy a decir creciendo enormemente... Hay gente que tiene la sensación de que: ‘ay, fui a Japón y la rompí, y lleno estadios’. Pero es re difícil Japón también. Hoy por hoy el asunto de la subsistencia de la música cambió mucho, es muy boutique y muy difícil en todo el mundo.
-¿Esa relación nació en un momento donde había un interés especial por la música rioplatense: el tango, el candombe?
-El interés de Japón por el tango es mucho más viejo, de los años 50 o 60. También con el folclore y, especialmente, Atahualpa Yupanqui. Eso siguió por muchos años y hay un resabio de eso, se sabe que es el tango. Pero Japón es un país que se interesa por todos los lugares del mundo. Ellos llaman “otakus” a los especialistas, los freaks y enfermos de. Hay otakus de Suecia, de Argentina, de Brasil, Cuba, Chile, etc.
-¿Pero tu enganche con Japón pensas que vino por el lado del tango?
-De mi público japonés muchos no saben que es el tango, no tienen ni idea. Yo entré más por el lado del cantautor. Se dan cuenta que hay algo folclórico, algo que no es rock n’roll. Pero mucho no se enganchan por ese lado. ¡Les interesa Tomi Lebrero! Ese personaje ecléctico que junta músicas.
Mientras hablamos de Japón, se le ilumina el rostro, se entusiasma. Fueron muchos viajes por el país oriental, donde enseguida se le despertó una curiosidad desmedida por su gente y su cultura: “El japonés tiene una idiosincrasia bastante parecida a la nuestra. Es un país que no es central y tiene esa cosa de estar mirando a Estados Unidos y Europa, igual que nosotros. Y también les llama la atención el hecho de que somos opuestos en el mapa geográfico. Eso les atrae, a ellos les gusta lo raro, somos un poco raros para ellos. Somos the ground of Japan. El suelo de Japón. Y ellos son mi suelo también. Somos los opuestos: ellos son super aplicados y nosotros somos un desastre. Y por otro lado tienen ciertos problemas sociales, a nivel relaciones, que acá no tenemos ni en pedo’’.
La tercera vez que viajó a Japón fue por invitación de Quruli, una banda japonesa que había conocido en un viaje anterior: “La primera vez me invitaron a un festival y después a tocar con ellos como supporting musician.” En esa oportunidad tocaron una canción de la banda llamada “Bremen”, compuesta por uno de sus miembros, Shigeru Kishida. Entonces, esta vez Tomi quiso llevarles un regalo y se le ocurrió hacer su propia versión de la canción. De ahí surgió “Krefeld”, que aparece en la quinta entrega de “12”: “Empecé a cantar este tema, hice una adaptación para bandoneón, pero no quería hacer una traducción del tema. Entonces me lo apropié”.  En esta canción, acompañado solamente por el fuelle, Lebrero cuenta la historia del nacimiento del instrumento en Alemania, en Krefeld, un pueblito a 70 kilómetros de Bremen. “Dije corro la brújula 70 kilómetros y le cambio el título a la obra”, recuerda sobre el origen de la canción: “Así que cuenta la historia de este demiurgo, inventor del bandoneón, que era un instrumento que tenía fines proselitistas”.
De golpe la conversación lleva a hablar del público, esa entidad tan sagrada como enigmática para el artista. Se acomoda en el sillón mientras intenta buscar una definición acertada: “En todos lados el público es jodido, pero acá es diferente porque, viste, it’s my people”. Ahora recurre a una anécdota del director estadunidense John Nicolas Cassavetes para explicarse: “Lo querían llevar a que dé entrevistas en Europa, para Cahiers du cinema, que es la revista de cine más importante, y decía: no me interesa hablar, yo hago cine for my peolpe. Como los personajes de sus películas que siempre son obreros. Yo en un punto tenía una postura medio cassavettiana. Por momentos me preguntaba: ¿qué hago tocando en Japón? No es mi gente. Y después lo empecé a pensar un poco mejor y, en realidad, mi gente es cualquier persona que se pueda emocionar con mi música. Cualquier persona que le llegue mi música it’s my people. Acá siento que hay gente que se copa, que le llega mi mensaje. Y en Japón, he visto a personas llorar en mis shows. Capaz que la pata más fuerte de mi música es lo letrístico, sin embargo hay algo que les llega, los traspasa. Y bueno, it’s my people”.  

Ph. maratón: Tomás Barry

Produccion de foto: Mario Nieva


miércoles, 3 de agosto de 2011

Midnight in París

1. Las películas de Woody Allen no son nada sin jazz, una rubia inocente y bella como protagonista, una hermosa ciudad de escenografía y una acompañante que valga los sesenta pesos de entrada. 2. Si es deprimente ir sólo al cine, más deprimente es ir con tu hermana y pagar el Pack Parejas para que salga más barato. 3. Si eso era deprimente, más aún lo es que a los cinco minutos de película aparezca una hermosa pareja y te digan que esos son sus asientos y te tengas que mudar a la segunda fila. 4. Si estaba con mi novia ni en pedo dejaba que me saquen el lugar así, pero en esta circunstancia ¿para qué recibir una trompada? 5. Debería prohibirse por decreto que existan las primeras filas de los cines o, por lo menos, debería existir un seguro para espectadores que cubra tortícolis y producción de ceguera. 6. Está claro desde el título que Midnight in París es una película sobre París. Si es que existe el género film de ciudad, Woody Allen ha incurrido en él más de una vez en su profusa y extensa filmografía. Las ciudades han sido protagonistas no menores de sus mejores películas. Desde la inolvidable Manhatan (1979) hasta Vicky, Cristina, Barcelona (2008) y Match point (2005), donde dejó atrás su amor por Nueva York para hacer culto del Viejo Continente. Los primeros planos de Midnight in París confirman lo que sugiere el título: postales de los lugares emblemáticos de la ciudad del amor. 7. Gil Pender, genialmente interpretado por Owen Wilson, es un guionista de Hollywood y mediocre escritor que viaja a París de vacaciones con su novia Inez (Rachel McAdams), con quien está comprometido, y sus insoportables y desconfiados suegros. 8. La pareja recorre museos de París junto a Paul (Michael Sheen), un antiguo compañero de facultad de Inez, a quien Gil no se banca porque el tipo sabe un montón de arte y habla hasta por los codos. En un momento tiene una discusión con una guía sobre la historia de una pintura. La guía es Carla Bruni y es obvio que fue una incorporación de último momento para que lo dejaran filmar tranquilo en la ciudad o una gestión especial del presidente Sarkozy. Su papel es insignificante dentro de la trama. 9. Para colmo la novia de Gil está re caliente con el pedante de Paul. Así que una noche cuando iban a ir a una fiesta decide volverse sólo al hotel. En la caminata de vuelta se pierde por las angostas calles de París y se sienta en las escalinatas de una iglesia a descansar. Ahí va a aparecer un auto antiguo, una especie de Delorean versión retro, que lo va a transportar hacia los años veinte. 10. Hay más chances de que Funes Mori meta un gol en River de que Woody Allen meta efectos especiales en una película. 11. De pronto el personaje encarnado por Owen Wilson se encuentra en una fiesta, que al principio parece una fiesta de disfraces ya que todos están vestidos de forma extraña. Cuando se entera de que sus interlocutores son Scott y Zelda Fitzgerald va a darse cuenta que está en los años veinte. 12. A partir de entonces va a hacer el viaje todas las medianoches cuando suenan las campanas de la iglesia y va a tener encuentros con Ernest Hemingway, Pablo Picasso, el pianista Cole Porter y los surrealistas Salvador Dalí y Luis Buñel, entre otros. 13. En uno de esos viajes se va a enamorar de Adriana, interpretada por Marion Cotillard, una especie de groupie de los años 20 que es amante de Picasso, Hemingway y también lo fue de Modigliani. 14. Uno de los momentos más graciosos del film es cuando les cuenta a los artistas surrealistas que está viajando en el tiempo y que está enamorado de una mujer de otra época. Dalí y Buñel no dudan en creerle y comparan su relación con un rinoceronte. 15. Desde las coplas de Jorge Manrique (“cualquiera tiempo pasado fue mejor”) hasta Spinetta (“mañana es mejor”) ha estado presente en el hombre la pregunta sobre si existe un tiempo ideal. Solemos pensar que todo lo mejor ya pasó. Nos perdimos el hipismo, los Beatles, Pescado Rabioso, Maradona. Pero también zafamos de la dictadura, del servicio militar obligatorio y de las películas de Palito Ortega. No nos podemos quejar. Igual hubiese estado bueno ¿no? 16. Pocas veces Woody Allen ha incurrido en el género fantástico. En Sleeper (1973), una película sobre un hombre que era congelado por error y despertaba 200 años después, satirizaba la temática futurista muy difundida por esos años. Más tarde, en 1985, volvió a incurrir en este género con una de sus mejores películas, La Rosa Púrpura del Cairo, donde un personaje se salía de la pantalla y se enamoraba de una de sus fans en el contexto de la Gran Depresión. De todos modos aquí Woody Allen no deja de discurrir sobre sus temas favoritos: el amor, el sexo, las relaciones, las enfermedades, el arte, etcétera. 17. Owen Wilson le es a esta película lo que Ricardo Darín le es a cualquier película argentina: cualquier película con su nombre en cartel es éxito garantizado. Más allá de haber conseguido de esta manera su mayor éxito de taquilla en años, la interpretación del simpático actor de Hollywood es la mejor desde que Woody, por una cuestión de edad, dejó de interpretar a sus personajes. Atrás quedaron las no tan felices participaciones de Will Farrel, Larry David y Jasson Biggs. 18. Algún día nos íbamos a cansar de Scarlett Johansson. 19. Nunca de sus tetas. 20. No da terminar un post con la palabra “tetas”. Así que les recomiendo que vayan a ver la película de Woody Allen. Si es acompañados, mejor. Y sino, por lo menos, procúrese encontrar un buen asiento.

jueves, 7 de julio de 2011

La culpa es de Aguilar

La selección argentina, la que jugó hoy contra Colombia y que viene jugando desde hace un tiempo contra rivales cuya entidad futbolística se desconoce, es la representación exacta de la posmodernidad. La vida no tiene sentido, da todo lo mismo: ganar, perder, empatar, jugar bien, jugar mal. Total después nos vamos a morir todos igual. Los jugadores argentinos parecen preguntarse mientras corren detrás de la pelotita aquello que se preguntaba el personaje de La nausea mientras arrojaba piedras (no era un barrabrava). ¿What the fuck is it? ¿Tiene algún sentido la vida? ¿Por qué estamos todos postrados frente al televisor mirando esto? Lennon diría: la vida es eso que sucede mientras estás ocupado mirando un partido de fútbol.

Pero Batista es el técnico de la selección, entonces el tipo se levanta y tiene que armar un equipo de fútbol. Quiero jugar como el Barcelona, piensa un día. Otro día cambia de idea y decide, tal vez por fatalidad, que su equipo no va a jugar como el de Pep Guardiola que a propósito tiene nombre de palitos. Lo mismo sucede cuando decide convocar a Tévez, que antes no entraba dentro de sus planes porque era 9, pero ahora está y juega de 11, de 9, de lateral, sólo le falta jugar de arquero. En fin, el equipo carece de cualquier tipo de idea, no se sabe bien a qué juega o a qué quiere jugar o si acaso quiere jugar a algo. Hasta mi vieja se dio cuenta de que Tévez no puede jugar por la banda. Todavía no se entiende cuál es la idea de poner tres números cinco (¿Masche estaba deprimido?). Messi supuestamente es el conductor del equipo pero la cámara lo enfocó más veces al papá que estaba en la tribuna comiéndose las uñas. Es tan grande el asombro que produce este equipo que la gente no sabe qué carajo hacer, si alentar, si putear, si silbar, si entrar a la cancha y pegarle patadas a los jugadores pidiéndoles que pongan huevo. Estaba tan desconcertada la gente que en un momento empezó a cantar “Olé, olé… Diego, Diego…”. Estuvo bueno porque el partido era tan aburrido que por lo menos matamos el rato discutiendo si los cantos eran para Messi o para Batista. En otro momento del partido el espíritu de un plateísta de River se adueño del público que empezó a cantar al unísono: “Pongan huevo jugadores, la concha de su madre, que no juegan con nadie…”. Basta. Es obvio que la Copa América no le importa a nadie. Hasta las propagandas son malísimas. Hay una de un tipo que se confunde y se mete en la tribuna de Brasil, entonces hay un gol de su equipo y no puede evitar gritarlo. Y para que no lo caguen a trompadas hace de cuenta que estaba llamando al cocacolero. Pero es tan mala que no tiene sentido explicarla. Como los chistes. O como los partidos de la selección argentina. O la misma vida. O que River se haya ido a la B. La Copa América da asco, la selección produce vómitos. Y es obvio que la culpa es de Aguilar.

lunes, 11 de abril de 2011

Otra llamada perdida


Pocas cosas hay en la vida que odiemos más que a las empresas de servicio de celular. No solamente nos cobran cuantiosas sumas de dinero por una ínfima cantidad de minutos que a la segunda semana del mes nos damos cuenta que ya se acabaron, sino que además nos bombardean con mensajes de textos que a nadie le importan cuando lo único que se espera es la llamada de una chica o, quizás, una oferta de trabajo. Casi nunca tenemos señal, tenemos que movernos como si intentáramos escapar de la mira de un francotirador para lograr escuchar algo y, lo que es peor, sabemos que no nos queda otra. La respuesta está en cualquier publicidad de celulares: “cada persona es un mundo”, okey, sí, cada uno es un mundo, pero por más freak que seas que no se te ocurra prescindir de uno de esos aparatos porque en ese caso vas a quedar borrado del mundo como borraron a Ortega de River, a los manifestantes sirios de este mundo o a Pete Best de Los Beatles. Para formar parte de este mundo hay ciertas reglas que debemos cumplir, como no emborracharnos antes de un entrenamiento de fútbol o no protestar en contra de un gobierno autoritario y pruebe usted, si quiere, de pedirle el número o el facebook a una chica y, acto seguido, sacar una libretita y una birome del bolsillo. ¡Minga que cada persona es un mundo!

Gracias a Dios que existen las películas de terror cuando no nos queda otra forma de quejarnos en contra del sistema. ¿Acaso los films de terror no son un grito de auxilio frente a la creciente inseguridad? La única diferencia es que en vez de que sea un violador o un negro de mierda, en este caso el asesino es un encapuchado con un hacha, un tipo con el cuerpo entero quemado o un muñeco diabólico. Y hay algunas constantes en todos los films de terror que hacen que el espectador sienta que la fucking muerte está a la vuelta de la esquina, o ni siquiera. 1. A diferencia de las comedias o los films dramáticos, aquí los finales son siempre abiertos. El protagonista asiste durante la película al acecho constante de la muerte, y como sucede con las crónicas policiales de los noticieros, el próximo sos vos. 2. El mal casi siempre aparece representado en el rostro diabólico de un niño, a tal punto de que luego tenemos miedo hasta de nuestro sobrino. 3. La tensión es exagerada al máximo, a la música de terror y los pasillos largos y oscuros siempre se le suma un personaje secundario que aparece sorpresivamente y nos hace cagar hasta las patas. 4. Siempre hay minas que están re fuertes y después las matan. 5. La protagonista siempre se enamora de un tipo que casi siempre es policía o es requeté valiente y justo cuando todo parecía estar bien y finalmente iban a garchar aparece el asesino y lo mata. ¡Eso te pasa por dormir, boludo!

One missed call (Llamada perdida, en castellano), como las canciones de Calamaro, no dice nada nuevo, en este caso, sobre el género de terror. En verdad, no valdría la pena su existencia y solo sería una película más de suspenso si no fuera otra película de la bella Shannyn Sossamon, que aquí interpreta a la pobre Beth. Esta chica que tiene un trauma porque durante su infancia su mamá la quemaba con colillas de cigarrillo y su papá se suicido, asiste a la muerte de casi todos sus amigos cuya cuenta regresiva empieza cuando reciben una llamada perdida con el día y hora exacta de su muerte, y un mensaje de voz donde se escuchan a sí mismos pidiendo por favor que no los maten. Si bien el problema quedaba solucionado si todos borraban su nombre de la lista de contactos de los condenados, la bella y valiente Beth decide ir en busca del asesino, más en busca de su propia salvación que en venganza por la muerte de sus amigos, cuyos velorios son más una reunión para esclarecer quién es el asesino que una ocasión para llorar a las víctimas. En eso aparece el joven y apuesto Jack Andrews (Edward Burns), un detective que resulta ser el hermano de la voluptuosa negra que asesinan al comienzo de la película, y ante la inoperancia de la policía decide ayudar a Beth a encontrar al asesino. Juntos van a descubrir algunas pistas: el asesino siempre deja un caramelo en la boca de las víctimas, la primera llamada fue hecha desde un hospital para niños que se incendió dos semanas atrás, el asesino era asmático (al ser una película de terror inducimos que usted entiende que el asesino es un espectro), etcétera.

Hay una escena muy graciosa donde Beth y una amiga que recibió la llamada perdida, intentan cancelar el servicio de su celular y el empleado les dice que eso es imposible, que si quieren lo que pueden hacer es romperlo. Entonces, ellas agarran el celular, lo tiran al piso y comienzan a saltar sobre él hasta destruirlo. Otra escena divertida es aquella en la que un exorcista intenta sacar al demonio del celular practicándole un exorcismo. Pero el sistema es más fuerte que nosotros. ¿Qué podemos hacer para salirnos? Nada. Y en la vida real no hay ninguna enfermera fantasma como la que aparece en la película para salvarnos, ni un detective apuesto que nos cuide, ni siquiera la mera conciencia de que nos están persiguiendo, que no van a parar hasta acabar con nosotros y de que el próximo podes ser vos o yo.

jueves, 24 de marzo de 2011

1976 reloaded


Cuando te guardas algo adentro tuyo por mucho tiempo ocurre que cuando lo dejas salir no podes parar de hablar de ello, como cuando sacas a la luz todos los problemas que tenes con un amigo y terminas discutiendo por horas o cuando le echas en cara a tu novia todo lo que te molesta de ella. Al principio puede estar bueno, porque todos coincidirán en que no es lo ideal guardarse las cosas, pero eso no garantiza que no termines a las trompadas o que de pronto te encuentres soltero. Algo similar ocurre con la historia de los años setenta en Argentina. Parecería que luego del juicio a las Juntas Militares y el Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), y especialmente con la aparición del menemismo, nos olvidamos por un tiempo de lo que ocurrió en aquellos trágicos años. Durante una década comimos pizza y tomamos champagne, cambiamos las playas marplatenses por Europa o Disney, estábamos tan en las nubes que hasta creíamos que íbamos a volar por la estratósfera. Sin embargo, los años 2000 no sólo significaron el cambio de milenio. El cambio de paradigma sería tan grande que la gente apenas recuerda lo que pasó una década atrás. Si un extranjero le preguntara a un argentino como es que aquel caudillo riojano de patillas blancas estuvo una década en el poder es probable que se haga el desentendido o mire para otro lado. A tal punto que hay que tocar madera cada vez que se lo nombra o incluso evitar nombrarlo. Mucho habrán tenido que ver la debacle de 2001 y el empobrecimiento de la clase media en ese cambio de pensamiento. Así como la clase baja decide su voto según la marca de la heladera o el microondas que le regalaron, no jodamos, al momento de votar la clase media mira la billetera.
Lo cierto es que junto con la demonización de los años noventa y del neoliberalismo, la temática de los años setenta se ha convertido en un hit de estos tiempos. No solo por la reapertura de las causas por crímenes de lesa humanidad o porque Kirchner haya sacado un cuadro de Videla de la ESMA, ni siquiera por la lucha ideológica de 678. Es como si estuviera en el aire y todos nos acomodáramos a eso, porque nadie se quiere quedar afuera. Parece que la torta se hubiera dada vuelta y así como en una época ser de izquierda o progre estaba mal visto, hoy equivale lo mismo, en un amplio sector de la sociedad, para el que es de derecha. Ya lo dijo Mirtha cuando Néstor Kirchner asumió la presidencia: “¡Volvió el zurdaje!”. Y que lo diga Mirtha no es poca cosa ya que, aunque de forma caricaturesca, representa el pensamiento medio de un sector de la sociedad argentina que excede a Doña Rosa.
Es difícil imaginarse para todos aquellos que nacimos después de 1980 qué hubiese sido de nuestras vidas si por un azar o un designio de la naturaleza hubiésemos vivido en los años setenta y no en esta era de la banalidad, donde estamos más pendientes de lo que sucede en nuestro muro de facebook que de lo que pasa en el mundo. Es muy fácil ponerse una remera del “Che” Guevara hoy en día pero la realidad es que no tenemos la más puta idea de lo que es dar la vida por nada y no podemos comprometernos ni siquiera con el club del cual somos hinchas.
Mientras tanto se dio un increíble boom editorial del que varios periodistas y escritores se agarraron. Si la del noventa fue la década en la que los periodistas escribían sobre la corrupción, en los 2000 el tópico fueron los años setenta. Pero, obviamente, en esa biblioteca hay mucho material execrable. Por ejemplo, el ex jefe de la SIDE, Jorge “Tata” Yofre, nos quiere hacer creer en su libro Fuimos todos que la culpa de todo lo horrible que sucedió en los años setenta la tiene la sociedad. No jodamos, los responsables siempre tienen nombre y apellido (algunos de ellos ilustres), tratar de establecer una culpa colectiva es lo mismo que decir no hagamos nada, dejemos las cosas como están. Total la culpa es de todos. Operación Primicia, de Ceferino Reato, intenta revivir la teoría de los dos demonios al atribuirle a la “guerrilla peronista” la culpa del golpe de Estado de 1976. Como si Videla y compañía hubiesen tomado el poder solamente para aniquilar a la guerrilla (algo que efectivamente lograron hacer) y no para llevar a cabo un modelo económico que representaba intereses particulares de un sector muy pequeño de la sociedad civil del cual no se hace referencia cuando se dice que “fuimos todos”. A esta lista se le suma una gran cantidad de novelas históricas donde casi siempre el drama individual termina opacando el contexto histórico. Como ocurre también en el cine, nos quedamos más con la historia de amor o con los pormenores del relato que con el sentido histórico. Innumerables son la cantidad de películas que se hicieron sobre los años setenta en los últimos diez o quince años. Tal vez por haberse quedado con el máximo galardón al que puede aspirar un cineasta, El secreto de sus ojos, del director Juan José Campanella, sea una de las más representativas del caso. Supongamos que alguien se pone a la salida del cine y reparte a los espectadores la siguiente encuesta: ¿Qué es lo que más te gustó de la película? A) Lo gracioso que es Francella (lástima que se muere), B) El plano aéreo de la cancha de Huracán, C) Como trata el director el tema de la dictadura, D) ¡Qué grande que la tenía el asesino! (se la chuparía), E) La tierna historia de amor entre el pelotudo de Ricardo Darín con la mina. No me quedan dudas de que nadie elegiría la opción C. Como sucede con las películas sobre el Holocausto, el espectador de cine se queda con los pequeños detalles del relato, es más conmovedora la historia de amor de Darín con Soledad Villamil que la historia de miles de argentinos que desaparecen. Lo que no es mentira es que en estos tiempos ubicar el relato en la década del setenta, vende, y en ese sentido Campanella no es ningún boludo.
Un punto oscuro que hay que remarcar son las contradicciones en las que ha caído este gobierno en su política de derechos humanos, que es muy elogiable en lo que respecta a los juicios a ex represores que actuaron cruentamente durante la última dictadura, pero que hace agua cuando la presidenta Cristina Kirchner mantiene un sorprendente silencio con respecto a la situación actual de Libia. Es, al menos, incoherente que un gobierno que tiene como principal bandera la defensa de los derechos humanos no salga a defender al pueblo libio que está siendo masacrado por el dictador Muammar Khadafy, alguien junto al que hace unos meses la presidenta argentina se sacaba fotos. Que Diego Maradona le dedique su autobiografía a Domingo Cavallo y a Fidel Castro en la misma página es algo que puedo tolerar y dejar pasar. No que este gobierno levante la bandera de los derechos humanos y en la siguiente página aparezca sacándose fotos con un dictador anciano que está realizando un baño de sangre.
Si bien es innegable que hay discursos hegemónicos que dominan cada época y que un día nos levantamos en una época distinta y nuestras ideas son otras (como le pasó a nuestros padres que un día pasaron de ser montoneros a ser empresarios) tampoco esta bueno cambiar de ideas como de calzoncillos. “Estos son mis principios, si no le gustan tengo otros”, diría Groucho Marx. Hoy nos alcanza con adherir a un grupo de facebook para sentir que estamos comprometidos con una causa. Nuestro mayor compromiso se limita a cliquear un “me gusta” o reenviar una cadena de mails. Si hace 35 años hubiese existido facebook ¿cuantas personas hubieran adherido a un grupo llamado “Proceso de Reorganización Nacional”?

sábado, 19 de febrero de 2011

La vida cabe dentro de una road movie


No hay ninguna cosa que nos ayude más a entender la vida que una road movie. Todas las cuestiones que nos preocupan aparecen, por lo general, condensadas en estas películas. A tal punto que la vida misma nos parece una fucking road movie. El lector distraído se pregunta qué mierda es una “road movie”. No hay que saber mucho de cine para averiguarlo. Solo un poco de inglés, o ni siquiera. Un viaje, que puede ser en auto, en moto, a dedo o autostop, solo o acompañado, triste o contento, donde el personaje en cuestión busca algo. Aunque a veces ni siquiera él sepa lo que busca. ¿No se parece esto demasiado a la vida?
Wendy and Lucy (2008) a simple vista parece ser solo una película más sobre el amor, especialmente si te enteras que uno de los personajes que aparecen en el título es un perro. Ahí las amas de casa desesperadas se vuelven locas creyendo que van a encontrarse con otra película para disfrutar en familia o gastar decenas de paquetes de carilina. Afortunadas sean las que se crucen antes con un empleado de videoclub que las guie en su elección. Desgraciadamente Blockbuster se fundió y la gente ya no alquila películas, así que eso no va a pasar. Pero tranquilos, no se trata de otro film sin escrúpulos en hacerte llorar cayendo en golpes bajos como Marley y yo (que no es una película sobre el porro). Tampoco es una película triple x sobre lesbianas, si usted es un depravado sexual. Pero vamos desde el principio. Comienza con diferentes planos de un tren de carga. Nada como un tren para traer de vuelta todos aquellos recuerdos escondidos en nuestra memoria, con el ruido de los vagones como soundtrack (¡si el maldito conductor no se queda dormido o se emborracha y se olvida de mirar los semáforos!). Ahí aparece Wendy, interpretada por la actriz Michelle Williams, que camina por el bosque con su perro Lucy. Tiene aspecto varonil, pelo corto, poca propensión a bañarse, habla poco, le da besos a su perro en la boca. Aunque tiene algo que hace que el espectador se enamore de ella enseguida. Tal vez su tristeza, su desolación. ¿Por qué las minas que están tristes siempre están buenas? Tengo una duda: si de repente son felices, ¿dejan de estar buenas? No sabemos mucho más sobre esta chica. Viaja en un auto, va hacia Alaska porque parece que allá hay bastante trabajo, tiene una hermana que no la quiere mucho que cuando la llama se aterra pensando que su intención es pedirle plata. El director, Kelly Reichardt, no esconde su avaricia para otorgarle información al espectador. Esta nos es entregada en cuotas, como si el director fuera un banco en bancarrota que decidió instaurar otra vez el corralito. Como Wendy no tiene un mango (sabemos que se le fueron 500 dólares en gasolina porque lo anota en una libreta), acostumbra a dormir en su auto. Ya dijimos que no se baña. Cada tanto se cambia y se lava los dientes en una estación de servicio. Mientras duerme en un estacionamiento en un pueblo que parece ser la metáfora misma de la desolación es despertada por un viejo que resulta ser el guardia del estacionamiento. Dice que ahí no se puede estacionar. La pobre chica, sin estar del todo despierta aún, intenta encender el auto para moverlo y seguir durmiendo. Pero el auto no prende. Ahí es donde comienzan a pasarle a Wendy una serie de cosas que van a conspirar para que no pueda alcanzar lo que busca. Primero va a ser descubierta en un supermercado robando comida para perro y enviada a la comisaría, cuando vuelva se va a encontrar con que su perro ya no está en el lugar donde lo había dejado atado, luego el mecánico le va a decir que el arreglo del auto vale lo que un auto nuevo. Mientras la vida de Wendy se va al carajo nos preguntamos si verdaderamente estamos ante la presencia de una road movie. Es verdad que el personaje no se desplaza de un lugar a otro durante la película. Aunque ya sabemos que viene viajando desde muy lejos, desde Indiana más precisamente, y que lo que busca está en Alaska. Si es solamente trabajo lo que busca, cosa que no creo. Pero no necesitamos de miles de kilómetros de paisaje, ver montañas, desierto y estaciones de servicio, para que un film se convierta en una road movie. Lo esencial de este tipo de películas no está en el desplazamiento físico, sino en la búsqueda interior que conlleva el mismo. En Stand by me (1986), un clásico dentro de este género, el grupo de chicos que viaja a través de las vías del tren no busca un cadáver, buscan pasar de la niñez a la adolescencia. Fuman, hablan de mujeres, cuentan historias, se pelean, evitan ser atropellados por un tren. El desplazamiento es circunstancial. La búsqueda no. Que Wendy permanezca atrapada en ese pueblo no significa que su búsqueda termine. Wendy busca a su perro. Wendy busca irse lejos. Wendy busca trabajo. Busca escapar de su familia. Busca dinero para seguir viajando. Busca ayuda. Está claro que no encuentra nada de eso. ¿No es en esto todavía más parecido a la vida?
La última vez que viajé tuve una gran desilusión al promediar el final del viaje. Mientras iba mirando como el paisaje mutaba detrás de la ventana del colectivo, donde apoyaba mi cabeza, me di cuenta que no había encontrado nada. Había viajado miles de kilómetros y la incertidumbre sobre la vida que me invadía era tan grande como cuando había comenzado el viaje. Algo así sentimos mientras vemos como los pocos sueños que le quedaban a Wendy se desvanecen. Y la vemos subirse a un tren, continuar con su camino y seguir buscando. Se los dije, la vida cabe dentro de una road movie.

jueves, 10 de febrero de 2011

Soy tan vulnerable a tu amor


Hay sucesos que difícilmente puedan tener alguna incidencia en el curso normal de nuestras vidas y, sin embargo, es a estos extrañamente que nos sentimos más atados. Programas televisivos, el final de una telenovela (que ni siquiera vimos), entrevistas (que casi nunca dicen nada), discursos políticos (que casi nunca dicen nada). El hecho de que la única forma que tengamos de presenciar estos hechos sea a través de un televisor evidencia las escasas posibilidades de que cambien algo en nuestras vidas. El suceso por excelencia que nos mantiene atados a la caja boba con frecuencia son los partidos de fútbol. Estos poseen una cuota de incertidumbre que mantiene las expectativas vivas hasta último momento. Un partido, aunque sea un embole, siempre guarda la esperanza de que pase algo en el último minuto. Por eso, más si somos hinchas del equipo que está jugando, apagar el televisor sería perderse alguna jugada memorable o la inigualable sensación de meter un gol en el último minuto y ganar el partido. Está claro que eso no pasa casi nunca. Menos si el equipo que juega es la selección argentina.
Uno de los hechos más esperados de los últimos años, y que una vez más nos vuelve a poner frente a la pantalla, es que Messi finalmente se haga hombre y se ponga el equipo al hombro, como quiere el técnico Batista que hasta borró a Tévez para que Messi se sienta más cómodo y no se deprima. Hasta ahora lo único que lo vimos ponerse al hombro fue un saco para una publicidad de una marca de ropa.
Hay pocas cosas en la vida más despreciables y patéticas que un periodista haciendo un análisis sociológico. Peor aún si se trata de un periodista deportivo. Entendámoslo de una vez: el fútbol no tiene nada que ver con la vida. Quienes lo practican son personas que ganan millones de dólares al año, no laburaron nunca, salen con modelos, por lo tanto, cualquier cosa relacionada con ellos nada tiene que ver con usted y yo. En este caso era Juan Pablo Varsky, columnista del diario La Nación, el que en una de sus notas hacía una distinción sociológica entre los amantes de Messi y Tévez. Según explica Varsky (mientras Germani, Foucault y compañía se revuelcan en sus tumbas) Tévez es el jugador del “pueblo” y Messi es el jugador de la “gente”. No es mi intención hacer un análisis semántico del tema, pero el término “pueblo”, usualmente utilizado por la izquierda (uno no se imagina a Macri haciendo alusión al “pueblo”), aquí aparece utilizado de forma peyorativa y errada, ni siquiera pegó en el palo, se fue por arriba del travesaño (cruzó el Océano Atlántico, la vieron en Villa del Parque, diría si fuera relator de fútbol. Pero no lo soy). Primero, ¿qué es lo que lo hace pensar al periodista que a Tévez lo quiere la clase baja? Segundo, ¿por qué hay que ser incivilizado y pobre para querer a un jugador feo, negro y bruto? Tercero, ahora que su novia es la “divina” de Patito Feo, ¿acaso no debería quererlo también la clase media y alta? El razonamiento que se esconde detrás de este análisis es el siguiente: Tévez es un negro de mierda + a los negros de mierda le gustan los negros de mierda = Tévez le gusta a los negros de mierda. Mientras tanto se supone que la gente que tiene guita tiene tatuado a Messi en su espalda y que la sola presencia del jugador de Fuerte Apache en el banco de suplentes le produce vómitos. Lo más gracioso es la frase que viene después: “Si me disculpan el delirio, uno sería un peronista apasionado, el otro un ejecutivo apolítico”. No le perdonamos el delirio, Varsky. Rectifíquese. Deje de decir idioteces. Me pregunto si no pensará también que Tévez reparte televisores y heladeras para ganarse al pueblo. Las comillas le dan un poco de elegancia a un razonamiento que roza lo discriminatorio. No extrañaría, de todos modos, que dentro de poco el mismo periodista repudiara que una hinchada le cante a la otra que “son todos bolivianos y paraguayos”.
Pensar que los gustos y prácticas de la sociedad son diferentes según la clase social es una estupidez a esta altura, donde la globalización no solamente ha causado estragos en los países más pobres, sino que ha universalizado los gustos. Cada vez tenemos más cosas en común, aunque para algunos resulte aberrante tan solo imaginarlo. Todos vemos Tinelli, todos leemos las mismas revistas, deseamos tener el mismo celular, el buzo adidas, a todos nos gusta comer en McDonald’s, tomar cerveza, las mujeres, Gran Hermano, etcétera. No todo es cuestión de ricos y pobres, blancos y negros. Aunque a algunos les guste creerlo.
Ganó Argentina 2 a 1.

martes, 25 de enero de 2011

MGMT en Mar del Plata o te olvidaste de tomar una pepa, boludo

La presentación de MGMT en Mar del Plata es probablemente uno de los sucesos más improbables del verano (más increíble aún que Boca haya vuelto a jugar al fútbol). El rostro de incomprensión de la gente mientras Andrew Van Wyngarden, que no es un ex miembro de las SS, destilaba un cóctel de sonidos lisérgicos desde su guitarra y Ben Goldwasser se escondía detrás de sus sintetizadores con ese aspecto de estudiante de Ciencias Exactas, supera el rostro de quienes presenciaron el momento en que un avión se estrellaba contra las Torres Gemelas (algunos salieron corriendo antes que terminara el recital), el televidente atónito que vio a Heinze hacer un gol en una Copa del mundo o el lector que ojeó un libro escrito por ¡Cumbio! en una librería. Sin embargo, las personas que estaban en las playas marplatenses se esforzaban por ocultar su extrañamiento. Gente revista, gente careta, la grasa inunda cual fugaceta. En un esfuerzo por no sentirse abajo de la nueva ola, movían la cabeza, intentaban bailar, filmaban, sacaban fotos, miraban a ver que hacía el de al lado, todo esto al ritmo de canciones tan ajenas a la lista de reproducción de su ipod como “Siberian breaks”, “The youth” o “The handshake”. Otros, probablemente resignados por esas melodías incomprensibles, hablaban entre ellos, molestando a los pocos que habían asistido a la playa con la exclusiva intención de ver a MGMT, o miraban la puesta del sol (tal vez creyendo que ese era el motivo por el cual tanta gente estaba reunida ahí). Más allá de todo eso, es decir, 45.000 personas, de las cuales probablemente más del 80 % solamente conocían “Time to pretend” y “Kids”, el grupo formado en la Universidad de Wesleyan, en Connecticut, se las ingenió para hacer delirar al puñado de fanáticos que se había acercado hasta el balneario Mute y hasta consiguió hacer bailar a la multitud en algunos pasajes del show (“Kids”, “Time to pretend”, “Electric feel”), que promedió la hora y media. Por otro lado, la playa parece ser el lugar ideal para un recital de MGMT. Varios de sus clips tienen como escenario la playa. La tapa de su último disco, Congratulations (2010), es una caricatura de un personaje haciendo surf, deporte del que los líderes de MGMT se declaran fanáticos. No faltaron los elogios de Andrew Van Wyngarden hacia las playas marplatenses.
Cuando casi todas las bandas que habitan el planeta Tierra hacen un disco y si la pegan buscan imitarlo, cosa de que la fama no sea cosa de 2 minutos, MGMT parece nadar constantemente contra la corriente. Empezaron como una banda indie en 2002 mientras estudiaban en la universidad, etapa en la cual grabaron algunos EP como We (don’t) care y Climbing to new lows, donde ya muestran algo de ese sonido electro-pop y psicodélico. Luego de llamar la atención del productor y vicepresidente de Columbia Records, Steve Lillywhite, grabaron su primer disco Oracular spectacular (2008) que contiene innumerables hits, canciones bailables y melodías de ringtone, sin perder su espíritu experimental. Al poco tiempo apareció un simple con una canción que había quedado fuera del primer álbum. Este se titula Metanoia y contiene solamente un track de 13 minutos y 52 segundos, algo que vulnera completamente las leyes del mercado musical actual (seguramente por eso solo es posible conseguirlo por internet). Dos años más tarde sorprendieron al público y a la crítica con Congratulations (2010), un disco más experimental que el primero, con canciones menos pegadizas, total ausencia de hits, que hace honor a la música de los 60’, que ellos mismos reconocen tener como influencia: Pink Floyd, Beach Boys, Grateful Dead, David Bowie, etcétera. Ese mismo espíritu se traslada a sus presentaciones en vivo. Los tipos no tienen problemas en pasar de hacer saltar a la gente al compás de “Time to pretend”, con el cuál abrieron, a canciones más difíciles de digerir como “Song for Dan Tracy”, “Weekend Wars” o el mismo “Siberian breaks”, una pequeña opereta que dura 12 minutos, donde se hubiese necesitado de alguien que pasara con un cartel avisando que no había terminado la canción para que la gente no aplaudiera en cada corte. O quizás una mejor y más fácil solución hubiese sido que alguien pasara con una canasta repartiendo pepas.
Durante la hora y media que duró el recital repasaron casi toda su discografía. De la primera etapa se pudo escuchar “Destrokk”, del EP Time to pretend (2005), con un sonido extremadamente electro-pop, similar al de de grupos como Of Montreal y The Flaming Lips. Hubo baladas como “I found a whistle” y “The youth”, canciones eternas como “Siberian breaks” (inasibles para el público) o zapadas psicodélicas (a lo Almendra II) como la que hacen al final de “The handshake”, hasta hubo punk con la canción que lleva el nombre de uno de los productores más famosos del rock: “Brian Eno” (los coritos y el riff, aunque los MGMT difícilmente los conozcan, recuerdan a Virus). También hubo tiempo para los hits bailables, durante los cuales la playa se convirtió en un boliche, aunque ese fuera el boliche más mala onda del mundo, un boliche que te pasa un tema bueno y al toque te pone una para que te vayas. El show tuvo algunas sorpresas como la curiosa habilidad de Andrew Van Wyngarden para manejar al público. Hizo chistes (le dedicó un tema al vip y cuando el público que estaba adelante empezó a abuchearlo, remató diciendo que era broma), le dedicó una canción al mar, se comió una flor, cantó una canción en patas, le dedicó otro tema a Purpleman, un tipo vestido con un disfraz violeta que le cubría todo el cuerpo, dijo algunas cosas en español (como Paul McCartney), mostró una prenda de mujer que le habían tirado desde el público. Ben Goldwasser, el cerebro detrás de MGMT, mantuvo un perfil más bajo, recluido detrás de las teclas, como si hubiera una pared entre él y el público, aunque esta pared no sirviera para tapar los objetos que lanzaba el público al escenario (en un momento una ojota casi impacta contra su cara). Solamente se corrió en un momento al medio del escenario para cantar “Kids” a dúo con Andrew Van Wyngarden, aunque cada vez que podía volvía hacia los teclados y tomaba sorbos de cerveza, evidenciando la timidez que le provocan las multitudes. El guitarrista James Richardson se lució imitando el “ole, ole, ole” del público en el solo de “Kids”.
Si yo fuera uno de los MGMT no hubiera salido a tocar otra canción luego de terminar con “Brian Eno”. El poco aliento del público para que regresaran al escenario es incompatible con las miles de personas que había en la playa. Un pequeño grupo de fanáticos que se ubicaba al borde del escenario coreó el tradicional “otra…” y los músicos volvieron al escenario para cerrar con “Congratulations”, una hermosa canción de estilo folk que cierra el último álbum. Probablemente Andrew Van Wyngarden y Ben Goldwasser no se imaginaron que alguna vez iban a tocar en una playa de Mar del Plata ante miles de personas y escapar cual Beatles en plena beatlemanía en una camioneta de las enloquecidas fanáticas cuando compusieron “Time to pretend”, una canción que habla del sueño de ser estrellas de rock. Algo que todos soñamos alguna vez. Pero ¿qué más podemos hacer? Tener trabajos en oficinas y despertarnos a la mañana para viajar.

viernes, 7 de enero de 2011

Kill Gil: para que puedas ver toda tu vida desde acá

Debe haber pocos discos en la historia del rock que hayan debido pasar por tantas peripecias para finalmente conocer la luz (sin piratería de por medio) como Kill Gil. Sólo parece superarlo Smile, de los Beach Boys, cuya grabación fue interrumpida en 1967 por los desordenes mentales de su líder Brian Wilson (nunca se acostumbró a la idea de que los Beatles eran mejores), que en 2004 se dio el gusto de terminar el álbum en solitario. El extenso desierto árido que deben atravesar los pilotos que participan del Dakar es una calesita al lado del largo camino recorrido por Charly García para publicar este álbum. Hay que remontarse a 2005 si se quiere encontrar la génesis de este proyecto. Por ese entonces Charly grabó la primera versión de Kill Gil en el estudio que tiene Palito Ortega en Luján. Pero el disco rígido donde estaba guardado se rompió y hubo que empezar todo otra vez. En 2006 con la ayuda de María Eva Albistur, ex bajista y corista de Joaquín Sabina, Charly volvió a grabar el disco en su totalidad. Pero no estaba conforme, así que contrató a Andrew Loog Oldham, productor de los Rolling Stones hasta 1967, y de los discos Hecho en Memphis (1993) y Planeta Paranoico (1996) de los Ratones Paranoicos, para que produjera el proceso final del disco. Además habría otras peras en el camino como la precoz aparición del disco en internet en 2007, una pelea de carácter novelesca con su hijo Migue (que por su alto contenido sangriento da para un thriller de Tarantino), peleas con la compañía discográfica y una larga lista de etcéteras que culmina con su traumática internación en 2008, que ya todos conocemos. Todo lo que vendría después parecería no tener nada que ver con Kill Gil, como si el caos, la desolación, el desamor, las drogas y todo lo problemático de este disco terminara ahí, con su internación. No me gustan las polarizaciones maniqueas, a las que son tan adeptos los noticieros y los diarios, pero el Charly que canta “dicen que estoy loco haga lo que haga”, “la gente que nunca duerme es más real” o “la jaula no es tan solo esta pared” no es el mismo que toca covers de sí mismo en los recitales intentando ser una pizca de lo que fue en el pasado. Hace algunos años decía que ya no quería tocar canciones anteriores a Say no more (1996). La (auto)destrucción y la decadencia eran parte de su arte. Ir a un recital y verlo pintarrajeado con aerosol, con cortaduras, sin voz y sin la lucidez necesaria para tocar el piano eran quizás condimentos necesarios para la concreción de su obra. A Charly tampoco nunca pareció importarle no tener la voz que tenía en Serú Girán o tocar el piano como en La Máquina. Todo eso se derrumba con su “recuperación” y su regreso rimbombante de la mano de su amigo Palito Ortega y su (ahora) ex manager Fernando Szereszevsky. Ahora todo parece ser una puesta en escena. Cada paso que da arriba de un escenario, cada palabra, cada gesto, cada nota, todo parece estar minuciosamente ensayado, como si fuera una coreografía de Show Match. Pero a diferencia de lo que ocurre en las películas, en este caso lo que sucede es poco creíble y solo los más fervientes fanáticos se creen esa puesta en escena. A tal punto esto es así que hasta tuvo que contratar a los músicos que lo secundaron en los 80s, para que todo fuera más creíble. Por todo eso (y mucho más) es raro escuchar Kill Gil.
Así y todo, hay que decirlo, Kill Gil es un gran disco. Desde Say no more (1996) que Charly no sacaba un disco tan bueno. Desde La hija de la lágrima (1994) que no conseguía un sonido tan limpio, pese al caos en que se engendró el disco. Ahí hay que darle cierto mérito a Oldham. Hacía mucho que Charly no hacía un disco donde los instrumentos se escucharan con tanta claridad, donde no se excediera en sobregrabaciones, donde las voces estuvieran en primer plano, donde imperara cierto orden entre el caos del concepto Say no more que, gracias a Dios, la internación no logró sepultar. También, Kill Gil es uno de los discos más rockeros del bigote bicolor. Las guitarras eléctricas se destacan por sobre los teclados y abundan los riffs en temas como “Break it up”.
Kill Gil es un disco conceptual, más allá de la historia que entrelaza las canciones (alguien que decide poner una bomba en Nueva York y manda mensajes a sus familiares a través de canciones para que se salven), un recurso que García ya ha utilizado en otros discos como La hija de la lágrima y Sinfonías para adolecentes (2000). El hilo conductor del disco, más que la historia (que casi siempre hay que explicarla para que se entienda), parece ser una sensación de desolación y desesperanza que da miedo. El estribillo de “No importa”, canción que abre el disco, con un gran espíritu rockero (“no importa la revolución/no importa Chopin/no importa lo que digas vos…”) y un alto contenido foucaultiano, es poco esperanzador en cuanto a la situación actual del mundo: “el mundo es un patio de prisión/¿a dónde quieres ir?”. García siempre tuvo una mirada aguda para comunicarnos que era lo que estaba pasando en el mundo. Desde el canto rebelde juvenil de Sui Generis, la crítica a la grasada en Serú, el cambio de paradigma de los 80s (“él se cansó de hacer canciones de protesta y se vendió a Fiorucci), etcétera. En la era de la gilada Charly sigue siendo un gran cronista de nuestros tiempos.
Hay algunas canciones, como “Transformación”, que pertenecen a discos anteriores (el olvidado Seru 92’) o son de otros artistas, como la maravillosa versión de “Watching the wheels” de Lennon, pero que en este contexto se resignifican completamente. “Transformación” debe ser la canción más sufrida del rock nacional, no se me ocurre otra canción que encierre tanto dolor, desesperanza y una dosis tan alta de incomprensión: “cada vez que quieras disfrazar/todos esos disfraces abrirán tu piel/y cuando estés cansado de sangrar/verás que ya no hay nada que ganar”. Si pensamos en la situación en que se encontraba García en el momento en el que grabó esta canción, frases como “no insistan en ponerme cerraduras” o “cuando quiero salir no me importa morir” se llenan de significado. Un tipo que es sacado de un hotel atado a una camilla diría eso, claramente. De la misma manera, el mensaje que quería dar Lennon al escribir “Watching the wheels” se resignifica completamente en esta versión. Lennon estaba loco porque no grababa más discos y quería estar con su familia (“cuando digo que estoy bien/ellos me miran sin entender”), Charly en cambio viene a ser un incomprendido por la sociedad. Si leemos entrevistas de esa época nos encontramos con un García en la ruina que pide a gritos ayuda, hasta dice que alguien debería pagarle un millón de pesos por ser Charly García.
Kill Gil tiene, además, hits pegajosos como “Los fantasmas”, canciones de (des)amor como “King Kong” (“cuando el amor se va/no lo esperes”), un rock n’roll como “In the city that never sleeps” que parece compuesto por Mick Jagger y Keith Richards, temas para quedarse despiertos toda la noche como “Pastillas”, la participación estelar de Palito Ortega en “Corazón de hormigón” que aparece en el disco como una señal de esperanza (¡ablanda tu corazón!). Y no faltan las segundas, ¡y hasta terceras!, versiones, como “Telepáticamente” y “Happy and real”, aunque la genialidad de las interpretaciones justifican dichas inclusiones en el disco.
“Te voy a dar un colchón/con ruedas y un planeador/para que puedas ver/toda tu vida desde acá”. Charly García siempre ha tenido la habilidad de musicalizar los mejores momentos de nuestras vidas y hacer que sus canciones funcionen como anteojos a través de los cuales ver la realidad. Kill Gil no es la excepción. Charly nuevamente nos alcanza el auricular, y nos da un disco para mirar.