
Dos y media de la tarde. Solo un idiota en el mundo podía caer teledirigido en la autopista Lugones y empezar a sortear vallas, que en ese momento recién estaban colocando los seguridad, tipos con chalecos de prevención, o como usted quiera llamarlos, en las inmediaciones del estadio. Con cara de ¿qué hace este pelotudo acá? me dejaron pasar (un anacoreta no le hace daño ni a una mosca) sin disimular su sorpresa ante el desafío de las leyes universales que rigen el normal curso de la vida. Y así el anacoreta fue derribando obstáculos y pasando niveles como si fuera un Mario Bros (¡con muchos bonus coin!)
No existe la gente rara. Si el anacoreta pudo interrumpir el normal desarrollo de la vida para esos seres que usan chalecos fluorescentes, hay otros seres, mucho más extraños, que pueden corromper la normalidad según las leyes del mundo anacoreta. Algunos prefieren creer que solo existe un mundo. ¡Mandarina! Sí, dije mandarina, ¿y qué? Repito, mandarina. Si no le gusta, siga circulando. En fin. Cuando el anacoreta se acercaba a un imponente Monumental chocó con un grupo pequeño de fanáticos de Paul McCartney. Se acercó y, fiel a su costumbre, sin llamar la atención, ni hablar demasiado, obtuvo algo de información. Me desdigo, si hay gente rara. Unos tipos que parecían salidos de una licuadora, con ropa de colores, bigotes marca registrada Pepper’s, sacudían carteles con forma de corazones con la frase: all you need is Paul. Otro con un tapado como el que usó Lennon en aquel memorable concierto en el techo de Abbey Road, que probablemente le había afanado a su abuela (por cierto, Lennon se lo debe haber robado a la Tía Mimi), se unía a la competencia para ver quién era más fucking freak. De pronto escuchó la noticia. ¡Paul estaba por llegar! Se quedó un rato ahí. Pero la simple idea de imaginar a Paul llegando en una limosina negra y sacando la mano con los dos dedos haciendo el símbolo de paz lo aterró. Salió corriendo.
Siempre es bueno saber que uno no es el único pelotudo. Cuando crucé el último obstáculo (aunque no había imaginado que habría muchos más) me encontré con una sorpresa. Una horda de fanáticos que rondaba las tres cuadras de cola hacía campamento para entrar. Me senté al final de la cola. Había gente de todos los colores. Unas chicas estudiaban las letras de las canciones para dejar sordo, o arruinarle el concierto, a quien se sentara cerca suyo. Algunos padres con sus hijos. Unos pocos barbudos. Los oportunistas de siempre vendiendo remeras del show. Vendedores de garrapiñada. Estuve un rato tratando de analizar si había alguna diferencia entre la gente de la fila de popular y la de platea alta. No encontré ninguna.
Algunas horas de espera. Nada a lo que no esté habituado el hombre.
La parte más divertida de la noche fue subir las escaleras corriendo, como reclusos, como si fuera un entrenamiento militar, pero con algo muy claro, estábamos en la selva, y esto era un especie de sálvese quien pueda. ¡Y me salvé! Un lugar en la quinta fila hizo valer las largas horas de espera y que me cagara de risa de los boludos del vip trasero que lo ven por TV, la concha de la lora.
No voy a decir mucho sobre el recital. ¿Qué se puede decir sobre semejante manifestación de la naturaleza? Sería tan inútil como los relatos que acompañan las imágenes de un elefante dando a luz en Discovery Channel, como ponerle subtítulos a una película de Chaplin, ver un partido de fútbol con relatos y comentarios de Marcelo Araujo y Julio Ricardo, o ponerle distorsión a un tema de Bob Dylan.
No quiero sonar intolerante ni facho, pero a los tipos que sacan fotos y filman en los recitales (más aún si lo hacen desde la platea alta) habría que ponerlos en una jaula y quemarlos a todos, lo cual sería tarea complicada hasta para el propio Hitler. Además, si seguimos la máxima de que la historia ocurre primero como tragedia (aceptémoslo, nada más grasa que mover los brazos de una lado a otro con un encendedor) y se repite como comedia, es difícil imaginar algo más triste que Let it be y un estadio lleno de luces de celulares. ¡Que vuelvan los encendedores y me hago puto!
Ah, un llamado a la solidaridad, se solicita un poco de decencia a los medios y que dejen de llamar Sir Paul o Macca al ex bajista de los Beatles. Ufff, gracias.
Si llego a los 68 años, quiero llegar como Paul. Alegre, saludable, vigente, cantando como los dioses, millonario. Pero sin tiradores, plis.
Me pregunto si Paul habría preferido que lo asesinaran a él en vez que a John. Me pareció extraño que no pusieran ninguna foto de John Lennon mientras tocaba “Here today”, “A day in the life” o ese himno a la paz que es “Give peace a chance”. No le costó mucho poner fotos de Harrison mientras tocaba “Something”. La reciente muerte del ex presidente Kirchner demuestra que con la muerte se pueden lograr cosas para las que no alcanza una vida. Así de morboso y pelotudo es el ser humano. Me pregunto donde estarían Jim Morrison, Luca Prodan o Gilda si no fuera por su muerte prematura.
Realmente nunca vi a la cancha de River tan llena, jo.
Cuando Paul apareció en el escenario con una bandera argentina pensé, oh no, acá se viene la gran silbatina. Pero por suerte no apareció ninguna bandera inglesa en escena y no sucedió ninguna catástrofe. Lo mismo había pensado cuando subió Ciro que contra todos los pronósticos fue bien tratado por el público.
Puntos altos del recital: repertorio beatle, Band on the run, el negro que toca la batería, ¡Paul habla español!, plano de Charly García en el vip agitando la cabeza, por suerte no existe más la beatlemanía, homenaje a George, fuegos artificiales en Live and let die, Paul haciendo onomatopeyas, el público haciendo onomatopeyas, ¡a Paul todavía le da la voz para cantar Helter Skelter!, coros de Paperback writer, cierre con Sargent Pepper’s Lonley Heart Club Band y The End.
Puntos flojos del recital: Give peace a chance, Obla-di-bla-da, cámaras de fotos, no da no presentar a la banda, puntualidad (hacete desear un poco, Paul), olor a paty en la platea alta, el ole ole ole, los pelotudos que hacen la ola (o sea, todos, yo incluido), Paul con tiradores, ningún tema de Caos and creation at the backyard (2005), no podes no tocar The fool on the hill y Drive my car, ¡¿Ciro de soporte?!, ni en pedo los Beatles sonaban tan bien como esta banda, el guitarrista es parecido a Viggo Mortensen, the anacoreta is back, ya no me queda ningún sueño por cumplir, me puedo morir tranquilo.