jueves, 26 de septiembre de 2019

Tomi Lebrero y la máquina de hacer canciones (Parte I)


por Manuel Bence Pieres

QUE NO CAIGA LA AVENTURA
“Esta cuestión de sacar tanto material junto por un lado es vistosa porque no mucha gente hace esto, parece de Record Guinness”, dice Tomi Lebrero, “pero por otro lado anula el material, como quien tiene la fábrica de hacer chorizos”. Y tiene razón, no hay muchos músicos que graben un álbum duodécuplo. Él mismo confiesa que tuvo que ir al diccionario. Según la RAE: que contiene un número doce veces exactamente. La nueva obra de Lebrero tiene 12 discos, todo un record. En la era de lo instantáneo, del hashtag y los influencers, donde el Long Play parece demodé, hacer un álbum de más de 200 canciones es todo un gesto. Es probable que él mismo no se imaginara la dimensión de la hazaña cuando comenzó con este proyecto. Pero como canta en “Adventures”, canción incluida en la cuarta entrega del disco: “que cae, que rueda y si rueda que no caiga la aventura”.
Ahora sentado sobre el sofá del PH donde vive en Chacarita, a pocas cuadras del cementerio, se queja de los dolores que lo afligen. Hace un mes se cayó del caballo y se lastimó un brazo. El dolor le impedía tocar la guitarra y el bandoneón con normalidad, entonces empezó a hacer kinesiología. Justo cuando parecía estar recuperándose, chocó con otra bicicleta mientras andaba por la bicisenda. Y fue volver a empezar de nuevo. “Creo que me hice mierda un pulmón”, dice. Y bromea: “¡por ahí es mi última entrevista!”. Va a ir al médico, tiene que terminar con esta maratón. Fueron casi seis años entre grabaciones, ensayos, carpetas llenas con letras de canciones, idas y vueltas, planillas, colas en oficinas del Estado, nuevas canciones que iban apareciendo y no podían quedar afuera. Fue una verdadera maratón, interminable. Esto está muy bien representado por las imágenes promocionales del disco, que lo muestran en cuclillas, con vincha roja, ropa deportiva y su distintivo rostro barbado, dispuesto a comenzar la carrera.  Ya lleva publicados once discos de la saga que comenzó a subir a spotify en septiembre del año pasado bajo el título “12”. Todavía le falta uno y, a pesar de tantos contratiempos (“su centauro está fisura”), trabaja a contra reloj para ponerle broche a su obra antes de octubre. 
¿Pero por qué no hace más ruido la aparición de una obra de semejantes características? A fin del año pasado, cuando las revistas especializadas suelen sacar sus listas con los mejores álbumes del año, publicó en instagram: “Veo las listas de los discos del año y no estoy en ninguna. ¿Ni una mención a un disco de 160 canciones que va saliendo mes a mes?”. La imagen que acompañaba el texto mostraba el fin de la maratón: Tomi acostado en el pasto, sin aire, fusilado, con los brazos abiertos. En “Milonga pa’ San Carlos”, del cuarto disco, se repite el reclamo en forma de payada: “Yo que soy cantautorzuelo/también he tenido que trabajar para alguna estrella de turno/o para algún periodista onda Rolling Stone, Inrockuptibles/Y poco han hecho, che/en 13 años ni una sola nota”. Pero Tomi está orgulloso de su obra, de cada uno de sus discos, a pesar de por momentos no generar la resonancia que espera en la prensa. “Hay momentos de desesperanza”, dice. Luego imposta la voz, como poniéndose el traje de alguien con aires de estrella de rock: “Ah, yo siempre compuse mucho, soy un genio, los temas me salen…”. Ahora hace una pausa, y se desinfla: “No es así. Tenes que vivir mucho, caminar mucho, darte contra las paredes muchas veces, para sacar un pedacito de emoción. No es que los temas me salen así: ‘ay, que loco estoy’. Hay mucho esfuerzo puesto en los discos”.

No hay demasiados precedentes de un álbum como “12”. Cuando se terminaba el último milenio Andrés Calamaro se encerró en su departamento con una portastudio y le dio vida a “El salmón” (2000), un disco quíntuple. Fue Jano Seitún, amigo y socio musical de Lebrero desde la infancia, el que en broma bautizó al disco como “La trucha”, en alusión a la obra de Calamaro. Sin embargo, cuando habla de su disco Tomi prefiere despegarse del ex Abuelos de la Nada.
-El disco en un momento se iba a llamar “La trucha”, pero me pareció que era hacerle demasiada honra al disco de Calamaro. Así que elegí un título más anodino. Me costó mucho encontrar un título para la obra. Finalmente, entre el diseñador y mi primo me ayudaron, y llegamos a este. La idea era un poco eso, llegar a un título más neutro.
-¿De dónde surge la idea de hacer un disco tan largo?
-En el 2008 empecé a dar talleres de composición junto a Jano. Y ahí comencé a tener otra relación con la canción, porque pasé de sólo componer a una instancia de analizar más la canción y corregir. Paralelamente, yo siempre compuse mucho. Y en el 2015, Lucila Pivetta, una amiga, bajista del Puchero, hizo un proyecto que era sacar una canción por día durante 100 días. Me acuerdo que pensé: ¡qué hija de puta Lu! ¡Yo quería hacer algo así! Entonces me puse a pensar: yo puedo hacer algo así… ¡tengo 100 canciones en el cajón! Así que busqué elevar la apuesta. Porque ella solamente filmaba un video y lo subía.
-La producción es bastante cuidada a pesar de la extensión del disco.
-Por lo menos está a la altura de mis otros discos. Cada canción tiene su razón de ser. Hay algunas que son más bien separadores, más experimentales. Era un poco lo que buscaba en una obra tan larga. Así y todo, me parece que todos los temas tienen su razón de ser. “El salmón”, que es otro disco largo, tiene ese espíritu más de ready make. Si bien tiene cosas alucinantes, a la misma vez se nota que es un disco de tres meses, de tres amigos tomando falopa. Tiene cosas brillantes, pero varios momentos muy descuidados. Me parece que ese no es el espíritu de “12”.
Para explicar las características de su nueva obra tiene que recurrir a analogías impensadas. Le gusta citar a otros compositores, músicos o escritores famosos. Pero ahora, extrañamente, se sirve de la nutrición: “A mí me interesa siempre armar platos balanceados. En un momento me copé con la macrobiótica, que dice que en el plato debe haber un tanto de cereal, un tanto de verdura, otro tanto de proteínas… Acá en estos 12 discos que estoy armando, quiero que haya temas más arreglados y establecidos, otros intermedios, otros más readymake, improvisaciones”.
De la macrobiótica pasa a citar a alguno de sus compositores predilectos: “Javier Krahe dice que a él le gusta contar historias y que no le pidan otra cosa. A mí no. Yo tengo una tendencia hacia lo narrativo, me copa mucho lo narrativo dentro de la canción, casi todas mis canciones son como cuentitos. En ese sentido, tanto Brassens como Krahe me pegaron mucho. Pero también hago esfuerzos para ir hacia temas diferentes a lo narrativo”. De golpe se jacta de que en “Gualeguay”, uno de sus temas más conocidos, no impera lo narrativo. Y hace un análisis de la letrística del rock nacional: “En Argentina no hay tanta tradición narrativa. Si bien están Peperina, Cachito, 11 y 6, lo narrativo no es lo que prevalece en el rock nacional”. 
Hay una experiencia lebreriana que pareciera más asociada al vivo. Ahí predominan la espontaneidad, la improvisación y cierta locura que completan The Lebrero Experience. Aspectos que a priori serían difíciles de trasladar al disco. Sin embargo, hay algo de eso que puede percibirse con la escucha de “12”. Cuando se lo comento, en nuestro primer encuentro, Tomi se alegra de la crítica. Por momentos parece cansado y se agarra el brazo que se lastimó domando a un potrillo en la estancia familiar, en Dolores. “Hay un poco una cristalización del estilo”, dice. Hace una pausa y vuelve sobre sus propias palabras: “que duro decir cristalización del estilo, porque no hay nada peor que cristalizar el estilo. Pero bueno, hay algo de clasicismo lebreriano si se quiere”. Luego confiesa que recibe reclamos de parte de la audiencia, que le piden que sus discos suenen más parecidos al vivo. “Es muy difícil, mis shows son muy performáticos”, sostiene. No está tan seguro de que eso se vea reflejado en este disco, pero le gustaría satisfacer el pedido de su público. “Probablemente después de ‘12’ me mande a hacer algo así más en vivo, más performático”. Finalmente, rechaza mi tesis, a pesar de haber celebrado la crítica hace tan sólo un instante: “Este no es así, es más un disco de estudio”.

HAY OTRA CANCIÓN
Tomi Lebrero asomó la cabeza en la escena cultural porteña en 2005, con la publicación de su primer disco “Puchero Misterioso”. Eran momentos en los que el horizonte del rock se había achatado y parecía haberse quedado sin nada para decir. En medio del furor del rock barrial aparecieron un grupo de cantautores que sí tenían algo para decir y que habían tomado como bandera bajarle el volumen a la escena musical. Había una necesidad de una nueva canción que representara a esa generación. Esa canción ponía el foco sobre las letras y recuperaba el interés por lo acústico, además de abarcar de manera desprejuiciada diversos géneros. En medio de todo eso a Pablo Dacal se le ocurrió escribir un manifiesto, a modo de panfleto, que expresara esa grieta que se había generado, al cual tituló “Asesinato del rock”. Un poco a la manera de los surrealistas de los años 20, o del movimiento del Nuevo Cancionero, que reformó el folclore en los años 60, Dacal resumió en un un par de puntos lo que muchos sentían sobre el género: que no representaba a esta generación, que se había vuelto conservador, que estaba falto de ideas y que había que encontrar nuevos canales de expresión.

Al mismo tiempo que presentaba su primer disco en el MALBA, con su grupo el Puchero Misterioso, Lebrero empezó a vincularse con otros cantautores, junto con quienes marcaría el pulso de la escena de los siguientes años. Fue Gustavo Álvarez Nuñez -poeta, editor y director de la revista Les Inrockuptibles-, quien le sugirió a Dacal que escuchara lo que estaban haciendo Tomi Lebrero, Pablo Grinjot y Jano Seitún, que había empezado a presentarse bajo el seudónimo de Alvy Singer. Así lo recuerda Grinjot: “Primero me invitó a mí a cenar y la conocí a Tálata Rodríguez, que estaba en pareja con él. Ahí me habló de Tomi y Jano, pero lo loco es que el gesto de convocatoria lo hiciera Pablo Dacal, porque Jano, Tomi y yo ya nos conocíamos de antes de acá, de zona norte. No se nos había ocurrido juntarnos, pero hubo otro de afuera del círculo que nos convocó y salió natural. Era obvio que nos teníamos que encontrar, que había que hacer algo juntos”.
Jano Seitún había formado parte del primer grupo de Tomi, Mona Lisa, cuando todavía iban al colegio. Luego, durante un tiempo, siguieron rumbos diferentes. Jano tuvo sus años de fascinación con el jazz, empezó a estudiar contrabajo y formó parte de la Orquesta Académica de Tango del Teatro Colón. Al mismo tiempo, Tomi se compró un bandoneón y empezó a estudiar con Rodolfo Mederos. Fueron varios años donde se sumergió en el universo del tango, se unió a la Orquesta Típica Fernandez Fierro, y hasta hizo un par de giras por Europa acompañando a un ballet junto a un seleccionado de jóvenes bandoneonistas armado por Mederos. Después de esos años de formación académica (y no tanto), la canción los volvería a juntar. “A Tomi siempre lo tuve cerca, me daba cuenta de que él estaba haciendo un proceso similar al mío, pero desde un lugar más tanguero. Él también empezaba a juntar ese mundo de la canción que traía desde chico, pero que lo tenía de alguna manera postergado, con esos estudios que estaba haciendo sobre el tango. Y, de repente, escuchamos de otro loco que hacía algo parecido con la música clásica, que era Grinjot, que tocaba con una orquesta de cuerdas. Y él nos contó de Dacal que hacía algo parecido, pero con la onda de la chanson francesa”, recuerda Jano. “Había mucha efervescencia”, dice Tomi al rememorar esos comienzos: “cada uno dentro de ese grupo tenía un poco su característica. Jano tenía su Big Band que era más jazzera; Dacal estaba con la Orquesta de Salón que era más como una fanfarria, más balcánica, con instrumentos muy diversos; Grinjot tenía un fetiche más clasicón, más académico, con violines; y yo tenía un fetiche más criollo y tanguero”. 
La primera formación del Puchero Misterioso tomaba como modelo a las antiguas orquestas de tango. Estaba formado por Acha Ludeña en contrabajo, Ramiro Miranda en violín, Mariano Heler en guitarra y Lucas Argomedo en cello. Justamente fue esa tendencia hacia lo acústico una de las cosas que hizo que Tomi se identificara con Dacal, Grinjot y su amigo de la infancia, Jano Seitún: “Lo común con los cuatro proyectos es que eran formaciones bastante acústicas, con instrumentos muy propios del rock. Si bien todos teníamos una formación rockera de cuna”. Pero los géneros que abarcaban sus canciones le escapaban al rock puro y no tenían escrúpulos en meter todo dentro de la licuadora: “Una generación antes era: sos rockero o sos tanguero, como que había una decisión. Nosotros creo que fuimos la primera generación en decir: nos interesan las letras, los instrumentos acústicos. Había un cambio de paradigma, sobre todo viniendo después de los 90 que fueron muy rockeros, muy grunge, con bandas como Suarez o Giradioses”, reflexiona Tomi.
Durante los años 90 Pablo Grinjot colaboró como violinista en algunas bandas del under porteño como Jaime Sin Tierra y Me Darás Mil Hijos. Sin embargo, a la hora de armar su proyecto solista, se orientó por una formación despojada de instrumentos eléctricos: “Encontramos que todos tocábamos con cajón peruano y ninguno con batería, todos con contrabajo… ¡guau bingo! Encontramos a nuestros socios ideales”, recuerda sobre esas reuniones seminales en las cuales se plantearon las diferencias con lo que estaba sonando: “Yo creo que nosotros fuimos una reacción contra el rock garage, no una reacción violenta o negativa. Quiero decir, cuando te plantas lo primero que haces es plantear una distancia con lo que hay”. En esas primeras reuniones, también se establecieron algunas similitudes: “Nos sentíamos un poco filiados a Drexler y a Kevin Johansen, así como a los Reincidentes y Mil Hijos. Pero por más filiados que estábamos, no queríamos parecernos ni a uno, ni a los otros”, recuerda Grinjot. Kevin Johansen no paraba de sonar en las radios con el hit “Down with my baby”, mientras que Drexler había ganado un Oscar en 2005 con la canción “Al lado del río”. Era inevitable la comparación, por el sonido despojado de las canciones. Pero ellos no se sentían parte de la misma corriente: “En todo caso éramos seguidores de los mismos proyectos”, explica Grinjot: “quizás ellos eran hermanos mayores”. Tomi recuerda con cierto desparpajo la comparación de la cual se sentía víctima: “Nos sentíamos bastante punta de lanza. Había algunas referencias, pero capaz no las conocíamos tanto. Casi te podría decir que fue una casualidad que por esos años aparecieran Kevin Johansen, Axel Krygier… pero ellos no nos habían influenciado. Me acuerdo que yo tocaba y me decían: ‘ah, me haces acordar a Kevin Johansen’. Y yo decía: ‘¡la puta madre, la verdad que no!’ Está todo bien, pero no es que yo había escuchado a Kevin, era una cosa más generacional”. 
En septiembre de 2005 se presentaron por primera vez como colectivo de cantautores. Fueron dos conciertos en el emblemático Teatro Margarita Xirgu, que promocionaron con el título “Cuatro Solistas con Orquesta”. El flyer que promocionaba el show mostraba a los cuatro “solistas” empilchados para la ocasión: Jano vestido con un traje blanco, Tomi con una túnica blanca que le daba un aire de profeta, Grinjot de chaleco y camisa blanca, y Dacal con una campera verde oliva.
-Eran para las postales y para unos afiches –recuerda Pablo Grinjot -. Incluso, en vivo tocamos con esos trajes. Tálata trabajaba de asistente de Vicky Otero, una diseñadora de indumentaria. Entonces Vicky nos hizo la ropa y nos cobró sólo la tela. Nos hacían la gamba, nos hacíamos gamba entre todos. Se prendía todo el mundo.
En la elección de la sala, un viejo teatro de ópera ubicado en San Telmo, influyó la apuesta por compartir sus canciones apoyados en sus orquestas, y de forma acústica: “Le buscamos la vuelta para que sea una amplificación mínima”, recuerda Jano. “Me acuerdo que no había amplificación individual, sino que había unos micrófonos más ambientales que tomaban un poco lo que eran los ensambles. Creo que había un micrófono siempre para el cantante, y dos condenser más ambientales para que tomaran la banda. Y está bueno, porque también de esa manera vos ensayas realmente sabiendo lo que va a escuchar la gente, aprendes a hacer la mezcla vos”. Se habían tomado muy enserio aquello que decía Atahualpa Yupanqui, en su libro “El canto del viento”, publicado en 1965: “Pareciera que la guitarra, cuanto más se acerca a los micrófonos, más se aleja de la tierra y sus misterios”. Había que alejarse de los micrófonos.
Era habitual que estuvieran como invitados en los conciertos de los otros. Mientras tanto iban apareciendo otros cantautores que se sumaban a la movida: Lucio Mantel, Nacho Rodríguez, el Gnomo, Alfonso Barbieri, Juanito el Cantor, Ezequiel Borra, entre otros. En octubre de ese mismo año el cuarteto de cantautores organizó un ciclo en la Alianza Francesa donde homenajearon a músicos franceses como Georges Brassens, Serge Gainsbourg, Erik Satie y Georges Bizet.
Dentro de esa búsqueda de identidad había algo en el nombre que no los conformaba. Por eso cuando se volvieron a presentar en 2007 en el Teatro IFT, en el Abasto, lo llamaron “Ciclo de Cantautores con Orquesta”. De todos modos, el término “cantautor” tampoco terminaba de convencerlos. “Tal vez esa palabra no nos definía tanto porque tenía una connotación medio Paz Martinez, cantautor español. Como que singing songwritter suena un poco más elegante. Pero, no sé, elegimos cancionistas”, recuerda Tomi. Fue Dacal el que acuñó el término que luego el periodista Martín Graziano utilizaría en su libro “Cancionistas del Río de la Plata”, publicado en 2011, para aglomerar a toda una generación de músicos. “Yo igual uso todos”, se defiende Tomi. Aunque aclara: “si hay una tribu en la que me siento más ‘estos son mis pares’, es en esta de los cancionistas”. A Grinjot la palabra lo remite a un género de carácter menor: “Cantautor tiene cierta connotación, esa cosa como que vas a un bar y hay un tipo con los parlantes cantando unas canciones que por ahí son malísimas. Hay un género cantautor que me parece un poco más ramplón. Nosotros creo que éramos un poco más joyeros de la música”. A Jano también le hacen ruido la utilización de esos términos: “A veces esas palabras denotan cosas con las que uno no se copa tanto. A mí todas en general me tiran reminiscencias raras. Cantautor me suena a un bajón y solista me suena a Iván Noble o a Ciro y los Persas. Son palabras difíciles”.
En el 2012 el movimiento de cancionistas tuvo su momento de mayor popularidad. Al cuarteto inicial se le sumaron Nacho Rodríguez, Alfonso Barbieri y Lucio Mantel, para hacer un show con orquesta en el Teatro Coliseo. Al concierto lo promocionaron con el nombre de una canción de Fito Paéz: Hay otra canción. Y el rosarino fue el invitado estelar de la noche. Había allí un mensaje que condensaba la importancia de esta generación, que le había dado un aire nuevo a la música argentina. La escena había cambiado mucho desde 2005, pero había una sensación de misión cumplida. “Había una especie de mito con respecto a esos dos ciclos que habíamos hecho antes y se quería hacer eso, pero más grande”, recuerda Grinjot sobre la propuesta que recibieron de parte del productor Marcelo Ramos. “Lo del Coliseo más que un revival siento que fue el punto más alto de todo ese recorrido”, dice Jano al evocar esa presentación a sala llena: “Dacal estaba con ‘Las guitarras del tiempo’ que para mí es uno de sus discos más lindos, Tomi estaba con ‘Me arrepiento de todo’. Cuando miro para atrás hay un recorrido que arranca en el Xirgu y tiene su climax en el Coliseo. Junta todo eso que nosotros hacíamos de manera artesanal y lo lleva a una cosa esplendorosa, como de calle Corrientes, pero en la calle Marcelo T. de Alvear”, dice Jano y se ríe de su ocurrencia.
Sin embargo, hay sensaciones encontradas al evocar, no sin cierta nostalgia, esos momentos de efervescencia. “Tengo recuerdos lindos de esa noche”, dice Jano: “igual, no sé, digo que fue un momento alto de Tomi, pero siento que Tomi ahora está en un momento altísimo. Lo que está haciendo este año es histórico… ¡el chabón está haciendo un disco por mes! ¡Y de ese nivel!”.
Cuando le pregunto por ese momento de su carrera, Tomi intenta evitar la idealización del pasado o la saudade. De pronto, empiezo a notar cierta incomodidad con respecto a mi intención arqueológica. Prefiere hablar de su nuevo disco, teorizar sobre la canción o contarme de sus próximos proyectos. Finalmente, adopta un tono serio, y dice:
-Siento que son difíciles esas cuestiones de juntar tanta gente y de ponerse todos de acuerdo como movimiento. Yo creo que todos tenemos sentimientos encontrados con eso. Por un lado te sentís parte de un colectivo, y por otro lado uno siente la particularidad de uno. Entregarte a un colectivo, someterte a ciertas reglas, yo qué sé. Creo que somos todos demasiado anárquicos para hacer un movimiento como de golpe puede haber sido el surrealismo”.  

EL CAMINO TE HACE BIEN
-Creo que me hice mierda un pulmón. El lunes voy a ir al médico.
-¿Cómo estás del brazo? –le pregunto.
-Me hice mierda, boludo. Venía re bien, re aplicado, curándome, y retrocedí veinte casilleros al caerme de la bici.
Ahora en el living del PH en Chacarita, con dos gatos custodiando atentamente sus palabras, cuenta como fue el accidente mientras intentaba domar a uno de sus potros: “Me caí re hippie, medio citadino. Me sacó la ficha el caballo. Yo estaba ahí en cuero y el caballo estaba muy salvaje”. Cuenta que en el último tiempo se enganchó con la doma racional, que busca adiestrar al animal de forma positiva, prescindiendo de la violencia.
En el 2012, luego de publicar su disco “Fraude”, inició un viaje a caballo desde Dolores hasta los Valles Calchaquíes, en Salta. El producto de ese viaje fue la horse movie “No va llegar”, que se estrenó en el BAFICI en 2015. Allí nacieron muchas de las canciones que aparecen en “12”: “Hay muchos temas del disco que tienen que ver con la vivencia de ese viaje”, dice. “Fue un viaje muy inspiracional en algún punto. Tenía mucho tiempo al estar viajando, tocaba mucho el ukelele y de manija que soy me puse a componer bastante”. Una de las historias que resalta como anécdota, es la de “Yanasu”, que compuso en Salavina, un pueblo en la provincia de Santiago del Estero, mientras contemplaba el nacimiento de la cría de uno de los tres caballos que lo acompañaron en su periplo.
-Una de las yeguas venía preñada. No lo sabía, pero obviamente en un momento me avivé. Fue muy lindo porque yo tenía una cámara y como estaba muy presente el proyecto de la película, quería filmar el nacimiento. Me levantaba muy temprano, tipo cinco y media o seis de la mañana.
Lo que ocurrió, finalmente, fue que un día se despertó y la yegua ya había parido. Fue un 5 de septiembre, mismo día que el nacimiento de su admirado Werner Herzog, como señala la letra. Lo bautizó Yanasu, que significa amigo en lengua quechua. Y ese fue también el nombre de la canción que hizo mientras le imploraba al animal recién nacido que se pusiera de pie: Yanasu, amigo, vamos, parate, parate, que esta primavera trae tu nombre…  
-Fue una emoción, salió ese tema que es con el que abro el primer disco. Es una canción especial, uno tiene muchas canciones, pero hay algunas que brillan por sí solas. Es más positiva. Yo siempre soy más refunfuñon, y esta es más Paul McCartney, tipo “Let it be”. Tiene una energía más arriba.
No fue el único viaje que hizo en los últimos años. Ya lleva en su haber cinco giras por Japón, dos por Europa, sin contar la gran cantidad de presentaciones a lo largo de la Argentina y otros países de América Latina.
-¿Cómo surgió tu relación con Japón?
-Lo de Japón apareció por Nico Falcoff, un productor argentino de un sello bastante chico de Japón llamado Taiyo Records, que le mandé unos discos. Yo creo que le interesó mi perfil, ver que era un tipo bastante ecléctico que tocaba el bandoneón. El tocar un instrumento tan representativo de este país era una carta a favor que tenía. Y la verdad que todos los pasos que di en Japón fueron buenos. Tuve un enganche con los japoneses, que en cada viaje se fue retroalimentando. No te voy a decir creciendo enormemente... Hay gente que tiene la sensación de que: ‘ay, fui a Japón y la rompí, y lleno estadios’. Pero es re difícil Japón también. Hoy por hoy el asunto de la subsistencia de la música cambió mucho, es muy boutique y muy difícil en todo el mundo.
-¿Esa relación nació en un momento donde había un interés especial por la música rioplatense: el tango, el candombe?
-El interés de Japón por el tango es mucho más viejo, de los años 50 o 60. También con el folclore y, especialmente, Atahualpa Yupanqui. Eso siguió por muchos años y hay un resabio de eso, se sabe que es el tango. Pero Japón es un país que se interesa por todos los lugares del mundo. Ellos llaman “otakus” a los especialistas, los freaks y enfermos de. Hay otakus de Suecia, de Argentina, de Brasil, Cuba, Chile, etc.
-¿Pero tu enganche con Japón pensas que vino por el lado del tango?
-De mi público japonés muchos no saben que es el tango, no tienen ni idea. Yo entré más por el lado del cantautor. Se dan cuenta que hay algo folclórico, algo que no es rock n’roll. Pero mucho no se enganchan por ese lado. ¡Les interesa Tomi Lebrero! Ese personaje ecléctico que junta músicas.
Mientras hablamos de Japón, se le ilumina el rostro, se entusiasma. Fueron muchos viajes por el país oriental, donde enseguida se le despertó una curiosidad desmedida por su gente y su cultura: “El japonés tiene una idiosincrasia bastante parecida a la nuestra. Es un país que no es central y tiene esa cosa de estar mirando a Estados Unidos y Europa, igual que nosotros. Y también les llama la atención el hecho de que somos opuestos en el mapa geográfico. Eso les atrae, a ellos les gusta lo raro, somos un poco raros para ellos. Somos the ground of Japan. El suelo de Japón. Y ellos son mi suelo también. Somos los opuestos: ellos son super aplicados y nosotros somos un desastre. Y por otro lado tienen ciertos problemas sociales, a nivel relaciones, que acá no tenemos ni en pedo’’.
La tercera vez que viajó a Japón fue por invitación de Quruli, una banda japonesa que había conocido en un viaje anterior: “La primera vez me invitaron a un festival y después a tocar con ellos como supporting musician.” En esa oportunidad tocaron una canción de la banda llamada “Bremen”, compuesta por uno de sus miembros, Shigeru Kishida. Entonces, esta vez Tomi quiso llevarles un regalo y se le ocurrió hacer su propia versión de la canción. De ahí surgió “Krefeld”, que aparece en la quinta entrega de “12”: “Empecé a cantar este tema, hice una adaptación para bandoneón, pero no quería hacer una traducción del tema. Entonces me lo apropié”.  En esta canción, acompañado solamente por el fuelle, Lebrero cuenta la historia del nacimiento del instrumento en Alemania, en Krefeld, un pueblito a 70 kilómetros de Bremen. “Dije corro la brújula 70 kilómetros y le cambio el título a la obra”, recuerda sobre el origen de la canción: “Así que cuenta la historia de este demiurgo, inventor del bandoneón, que era un instrumento que tenía fines proselitistas”.
De golpe la conversación lleva a hablar del público, esa entidad tan sagrada como enigmática para el artista. Se acomoda en el sillón mientras intenta buscar una definición acertada: “En todos lados el público es jodido, pero acá es diferente porque, viste, it’s my people”. Ahora recurre a una anécdota del director estadunidense John Nicolas Cassavetes para explicarse: “Lo querían llevar a que dé entrevistas en Europa, para Cahiers du cinema, que es la revista de cine más importante, y decía: no me interesa hablar, yo hago cine for my peolpe. Como los personajes de sus películas que siempre son obreros. Yo en un punto tenía una postura medio cassavettiana. Por momentos me preguntaba: ¿qué hago tocando en Japón? No es mi gente. Y después lo empecé a pensar un poco mejor y, en realidad, mi gente es cualquier persona que se pueda emocionar con mi música. Cualquier persona que le llegue mi música it’s my people. Acá siento que hay gente que se copa, que le llega mi mensaje. Y en Japón, he visto a personas llorar en mis shows. Capaz que la pata más fuerte de mi música es lo letrístico, sin embargo hay algo que les llega, los traspasa. Y bueno, it’s my people”.  

Ph. maratón: Tomás Barry

Produccion de foto: Mario Nieva


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