domingo, 13 de abril de 2008

Ficciones

Algunos dijeron, luego, que habían visto al hombre caminando por las calles del barrio de Palermo los días previos. Incluso alguien se animó a escribir una carta de lectores al diario La Nación para corregir la omisión que se hizo en la cobertura del conflicto del campo al omitir la presencia de este hombre en las calles centricas mientras se producía el "cacerolazo".
Esa noche no hacía mucho frío y el viejo escritor había conversado con sus antiguos colegas, los que todavía vivían, en un café de la calle Corrientes. La mayoría de ellos quería saber qué había hecho todos esos años y, lo más curioso, cómo había recuperado la vista. Sin embargo el hombre sólo repetió versos de la "Divina Comedia" e incluso se animó a hacer una interpretación de su favorito: Shakespeare. No se había enterado de que, para ese entonces, se había publicado la película "Tiburón" y que había una cantante norteamericana de apellido Spears.
Uno de los antiguos colegas que lo acombañaba, quien pidió que no se revelara su identidad, declaró: "Fue por un mensaje de texto". El viejo escritor habría agarrado su bastón e invitado a sus colegas, y también a la gente de las otras mesas, a dirigirse a la Plaza de Mayo donde había viejas cuentas que saldar.
Cuando llegaron a la plaza (corría el rumor que se acercaba un grupo de piqueteros) había una multitud y numerosas banderas que no se guardaban de insultar a la presidenta (el viejo escritor todavía no podía creer como gobernaba una mujer) y otras en defensa de los productores del campo. El hombre sacó el celular y escrbió un mensaje de texto al presidente de la Sociedad Rural: "Venite, che. Stamos todos". En eso estaba cuando llegaron los piqueteros y la gente comenzó a huir desesperada mientras a algunos los cagaban a fierrazos.
El hombre había quedado solo contemplando la batalla en el medio de la plaza. Todavía tenía el celular en la mano. El piquetero que se acercaba llegó a escuchar la voz que salía del aparato: "¡Raja, los van a matar a todos!"
-Hola, sorete -dijo el piquetero que tenía la camisa desabrochada y llevaba un fierro en la mano. El hombre tardó en contestar. Todavía no había soltado el celular.
-Estamos en el laberinto -dijo. El piquetero no pudo contener la risa.
-Acá el único laberinto es el de los negros como yo que no tenemos salida. Vos sos un oligarca, sos la lacra de la sociedad, vivis en Palermo...
El hombre lo escuchaba absorto. En ese momento, aunque tenía una memoria prodigiosa, no pensó en el "Facundo" de Sarmiento. Recordaba algunas estrofas del "Martín Fierro": "Debe trabajar el hombre/para ganarse el pan/pues la miseria en su afán/de perseguir de mil modos/llama en la puerta de todos/y entra en la del haragán".
Cuando algunos hombres empezaron a golpearlo a fierrazos recordó otra frase de Hernández: "si la verguenza se pierde, jamás se vuelve a encontrar". Intentó pegarles con el bastón pero ya no tenía fuerzas. Le hubiera gustado desenfajar el facón como en alguno de sus cuentos, pero lo único que llevaba en el bolsillo era un celular.
No se supo más nada de él.

1 comentario:

Cristián Dodds dijo...

¡Muy bueno, Manuel!
Te quería mandar un fuerte abrazo blogosférico, ya que veo que estás por acá...
Hace años que no te veo, y me encanta que el ARTE ocupe muchas horas de tu vida. Eso hace bien. A vos y a los que te encontremos.
Te mando un fuerte abrazo
tu lejano exprofeso exprofesor